 |
VUELO SUBTERRÁNEO
MARIO MELÉNDEZ ENTREVISTAS 2
IV
BERNARDO GONZÁLEZ
Y SU GRAN TRAVESIA
POR EL RIO DE LAS NIEBLAS
por Mario Meléndez
Profesor de Historia y Religión, columnista durante años del diario El Centro de Talca,
viajero de costa a cordillera, escalador de estrellas y heredero de bosques y avellanas, este
poeta nos entrega su personal y entrañable visión del mundo a partir de esta tierra maulina, la
tierra en la que canta y ama.
¿Quién es Bernardo González?
Es un sujeto irresponsable porque aún cree que la poesía puede cambiar este mundo por otro
mejor, en circunstancias que la modernidad y el neoliberalismo vigentes no incluyen al
humanismo en sus proyectos de desarrollo. Nací en Talca en 1957, me recibí de Profesor de
Estado en Historia y Geografía, y trabajo en el Instituto Superior de Comercio de mi ciudad
natal. He publicado algunos libros y recibido reconocimientos en innumerables concursos
nacionales de poesía – entre ellos, un tercer lugar en El Mercurio en 1989 - ; también he
investigado a poetas regionales y escribo de vez en cuando comentarios literarios en la prensa
local.
¿Qué te motiva a escribir y hacia dónde apunta tu trabajo?
Pretendo seguir este camino de poeta porque, a pesar de los pesares, nada me proporciona
más hartura corporal y espiritual que leer y escribir. Con palabras de Gastón Bachelard
quisiera fundamentar mi respuesta: “Las imágenes poéticas viven la plenitud del lenguaje
humano. Se las reconoce en su lirismo activo, por una señal íntima: renuevan el corazón y el
alma; dan – esas imágenes literarias – esperanza a un sentimiento, vigor especial a nuestra
decisión de ser una persona, tonifican incluso nuestra vida física. El libro que las contiene
es de súbito para nosotros una carta íntima. Desempeñan un papel en nuestra existencia. Nos
vitalizan. Gracias a ellas, la palabra, el verbo, la literatura, ascienden a la jerarquía de la
imaginación creadora. El pensamiento, al expresarse en una imagen nueva, se enriquece,
enriqueciendo a la vez la lengua y, por ende, al sujeto que la emplea.” Y mi trabajo apunta
precisamente a dejar por testimonio de vida un puñado de palabras verdaderas que vengan a
personalizar un tanto estas relaciones cada día más mercantiles y prostituidas; pretendo romper
ese circulo de incomunicación paradójica en un mundo atestado de propaganda banal, publicidad
grotesca y mensajes hueros.
¿Te agrada tu condición de poeta regional?
Yo nunca me he propuesto ser poeta “regional”, sino poeta a secas. Pero por origen y,
especialmente, por motivos y temática me he ido circunscribiendo a un prototipo de escritor
provinciano, rural, maulino, porque adhiero instintivamente a la premisa de Cervantes, Rulfo,
García Márquez, Teillier, Barquero, Kavafis y tantos otros que plasman su arte a partir del
universo que los circunda, que conocen, aman y embellecen. No se puede elaborar ficciones
ignorando la realidad o consumiéndola vulgarmente como depredador o turista. Así he ido
recogiendo leyendas, costumbres, gestos, ritos, usos, artesanías, modos, maneras; en fin, una
cultura espontánea pero con perfiles más o menos definidos que han dado en llamar “maulinidad”,
y, poco a poco, con estos materiales antropológicos he hurgado en mi propia universalidad
subyacente utilizando de preferencia imágenes literarias que elaboro con técnica y paciencia,
es decir, con responsabilidad. “Describe tu aldea y serás universal” de Tolstoi o “La única
calle de mi pueblo llega a todas partes” de Floridor Pérez son versos que me identifican
plenamente. Quisiera agregar que dentro de la tradición poética del Maule existen dos
tendencias o escuelas bien asentadas; mi intención – y este es un factor que sí me podría
definir como poeta “regional” – ha sido fusionar en un estilo propio, la corriente telúrica
descriptiva de González Bastías, Emma Jauch y Efraín Barquero con la línea hermética metafísica
de Matías Rafide, notable poeta cureptano, en un esfuerzo que, amén de la imagen de la realidad
objetiva que me subyuga, contenga metáforas o símbolos sensoriales que me permitan desentrañar
el ethos del ser maulino. Llamo a mi estilo “metadescriptivo.”
¿Cuál es tu mejor libro y qué representa?
Mi mejor libro se llama “Memorias del Agua”. Son 50 textos que en su conjunto pretenden
rescatar el mundo maulino, en su variante ribereña; es decir, las faenas íntimas y cotidianas
de los lugareños del ramal, de los caseríos, de los rulos del secano costero; canto sus sueños,
frustraciones y realizaciones. Es el país que siempre he habitado y el cual pretendo dignificar
a través del arte. Reconozco que es un libro que se fue armando solo; yo escribía de tarde en
tarde algunos poemas lentos que apartaba por temática y temple de ánimo, por estructura y
lenguaje, los cuales – reunidos con suma parsimonia – vinieron a configurar esta obra que
estimo madura porque recoge una cosmovisión autónoma y vernacular. Pájaros, leyendas, aromas
silvestres, costumbres, árboles milenarios, creencias, modos genuinos, ceremonias, ritos,
conjuros, flores del campo y astros pueblan las páginas de este texto. En tiempos de
indefiniciones y ambigüedades yo me atrevo a decir – aunque no sea escuchado sino por piedras y
yuyos – quién soy y cómo viven y mueren mis gentes en estos rincones amados.
¿Cómo adviertes al poeta del futuro y qué misión debe cumplir?
Lo advierto preocupado intentando asimilar los medios audiovisuales y ordenadores al
trabajo poético, lo veo de vuelta de los “ismos”, rastreando los motivos y temas esenciales: el
ser humano y sus sueños, alejándose definitivamente de la farándula y la sensiblería;
profesional; lo percibo crítico, creativo, honesto, buscando con asombro la sabiduría de la
naturaleza; lo intuyo todavía capaz de escuchar en el silencio las palabras verdaderas; lo creo
consecuente, austero y solidario, siempre incomprendido y marginal, pelando el ajo pero feliz.
Ojalá asuma con humildad la realidad, el hecho evidente de ser la fusión extraordinario de
sentimiento y razón, “mezcla rara” diría Piazzola, facultado para percibir imposibles y
abandone ya esa actitud vanidosa de iluminado o mártir, y no se empeñe tanto en buscar el
espejismo de la fama, que casi siempre desemboca en los excesos de la depresión y el suicidio.
Pienso que el poeta del futuro tendrá la misma misión que tuvieron los pastores de Judea u
Homero: cantar las penas y alegrías de un pueblo llano que sigue bregando contra el poder de la
fuerza bruta; los juglares, Virgilio o Dante amaban por sobre todo la sencilla poesía de vivir.
Sólo han cambiado las formas externas, el ropaje, los electrodomésticos, artefactos, marcas, el
uso del tiempo libre, pero el fuero interno del creador, del escritor, inevitablemente ha sido
consumido por idénticos anhelos: la vida, la muerte, el amor... El poeta, hoy y siempre, debe
insistir en su única e irrenunciable misión: escribir, y escribir bien.
¿Puede, finalmente, la poesía abstraerse de los acontecimientos que le son contingentes? Y si
no es así ¿Qué papel debiese cumplir en dicha circunstancia?
La contingencia la crean los apetitos y necesidades no resueltas; es objetiva y concreta;
está ahí, a la vista, desparramada, caótica, desbocada; existe, te agrede, te insulta, te
cuestiona, te exige acción; incluso, la contingencia es provocada por una constitución leguleya
retrógrada y por condicionamientos sociales coloniales – “el peso de la noche” – profundamente
arraigados en nuestra forma de ser talquino, chileno: la censura, la inseguridad, el pecado, el
rumor, el pelambre, el qué dirán, el temor al ridículo, el sentimiento de culpa; todas
actitudes paralizantes, conservadoras, que impiden el amplio desarrollo de las facultades
intelectuales. Ni los políticos, ni los educadores, ni los credos religiosos, ni la familia
tradicional han podido subvertir esta situación de indiferencia y desprecio al cultivo de las
artes y las letras. Desde que el mundo es propiedad privada se rige por las bolsas de comercio
y no por las metáforas.
¿Qué pueden hacer la poesía y los poetas? Persistir, escribir, ser consecuentes; “tábanos”,
como decía Sócrates, en las grupas de los asnos para que se despabilen; permanecer lúcidos, o
ser como Teillier “el guardián del mito y del misterio hasta que lleguen tiempos mejores.”
RAYUELA
Revista de cultura regional
Año 2, número 6
Talca (Chile), agosto de 2001
Bernardo González (Talca, 1957). Es Profesor de Estado en Historia y Geografía. Su obra poética
se reúne en el texto “Cantos del Bastón”. Por su trabajo literario ha recibido importantes
distinciones entre las que destacan: Tercer Premio en el Concurso Nacional de Poesía El
Mercurio en 1988 y Primer Lugar en el Concurso de Poesía “Pablo Neruda” realizado por la
revista Pluma y Pincel, en 1989. Ha sido incluido en diversas antologías e invitado a
innumerables encuentros de escritores a lo largo del país. También ha sido investigador y
difusor de la literatura en su región, donde sobresalen trabajos como “Maulina”, antología
poética de Emma Jauch y “El Viejo Guanay” que recopila textos de Jorge González Bastías.
Actualmente trabaja en el libro “Faluchos”, que reúne 30 textos clásicos de la poesía del Maule.
V
CRISTIAN SOTO:
“EL TEATRO ES MI ÚNICA RELIGIÓN”
por Mario Meléndez
Con la puesta en escena de su ópera prima “Nemesio Pelao ¿qué te ha pasao?”, dirigida por
Andrés Pérez, este joven talquino hace su debut en el campo de la dramaturgia, convirtiéndose
de paso en una de las figuras más promisorias del teatro chileno.
Háblanos de tus primeros años en Talca y ¿Cómo se manifiesta tu pasión por la dramaturgia?
Mis comienzos partieron en la Escuela Anexa. Un espacio bastante singular en uno de los típicos
terrenos que no están vendidos. Tenía una atmósfera de educación campesina. Era mágico el
contacto con la naturaleza. Pero era muy extraño porque estaba inmerso en medio de la ciudad de
Talca. Era un lugar muy distinto en cuanto a educación y también en la relación con los
profesores. Yo creo que era un colegio bastante humanista. Había un grupo floclórico donde
participaba. Mas de alguna vez quedamos seleccionados para participar representando a la
comuna. Pero cuando empezó a evolucionar mi parte emocional e instintiva fue con la Escuela de
Cultura. Por primera vez me encontré con gente que se dedicaba a hacer arte. “Qué gente más
rara”, decía yo. En esa etapa que me tocó vivir, donde todavía había dictadura, con una
sociedad castrada, era como una especie de circo la idea que me dio mi ingreso a esta escuela,
de ese circo que va a los pueblos. Fue una época muy bonita y que me abrió todo un mundo. Mis
padres no entendían por qué este chico perdía su tiempo los viernes y sábados en la mañana.
Allí conocí a Jorge Muñoz, un profesor de teatro. Para mí fue mi primer maestro. Una persona
muy docta y muy seria, con toda esa experiencia de vida que nos transmitía. Yo participaba en
un conjunto folclórico donde hacíamos cueca y bailes nortinos. Entreteníamos a todo el grupo de
teatro con nuestras improvisaciones. Esos fueron mis primeros años de acercamiento a lo
artístico. Con actuaciones en el Liceo Abate Molina, que cada dos años hacía presentaciones
finales con todos sus alumnos. Si no hubiese entrado a la Escuela de Cultura no me habría
picado ese bicho extraño. Por otro lado no existía entonces la experiencia de ver grupos de
teatro. Mi costumbre era ver el Teatro Municipal cerrado. Mi infancia era observar este
armatoste grandote, como una isla de la fantasía, pero sellada. Siempre había una curiosidad
por saber lo que había allí adentro. Esos fueron los comienzos.
¿Qué rescatas de tu paso por la Escuela de Teatro de la Universidad Católica?
Yo rescato todo. Desde el intercambio social. Aquí en Talca se da mucho el clasismo. Venir
desde la clase media talquina y encontrarme con gente de otra cultura. Para mí era encontrarme
con gente de otra raza, de otro país.
Cuando fui a dar la prueba especial a la Chile y la Católica, tuve suerte de quedar en ambas,
pero me fascinaba ver esta gente dedicada, o que eran hijos “de”. Otro adolescente que tenía
esto mismo de querer el arte, pero en otra parada. Había una cosa mucho más sólida. Yo me veía
muy lejos de todo eso debido a mi instinto huaso, pero en el buen perfil. Realmente era otra
cultura, otra sociabilidad, otra forma de expresarse. Y lo hermoso es que nunca me sentí
menospreciado. Esto, creo, sucede sólo en Santiago. Igual existe el clasismo, pero de otra
forma. Fue mi primera entrada social, ya que para un artista, mientras más se extienda esta
línea de vivencias, puede expresarse mejor, pues tiene una capacidad mayor de análisis de la
realidad. Este mundo nuevo, este mundo de la universidad Católica, los edificios, el pasto,
todo perfecto, con Paz Irarrázabal, Ramón Nuñez. Mi único referente sobre Ramón Nuñez era verlo
en “Sábados Gigantes”. Yo decía “Por qué don Goyo hace clases de teatro” (risas). Pero al final
te dabas cuenta que era un profesor, y que existía el teatro, que tenía cincuenta años de
historia, y que era profesional. Darme cuenta que se trataba un trabajo respetado y remunerado
fue una cosa muy impactante para mí. Entender que el artista tiene importancia y ya no es una
mera entretención. Aquí te dedicabas todo el día en horarios completos, con seriedad y
disciplina. Con gente docta que te enseñaba. Esto era como reivindicar la emoción, el instinto
afectivo. Reivindicar todos mis sueños ya que por fin hallaba “la manada”. Yo sufría porque no
encontraba la gente que me entendiera. Eso me sucedió en Talca, ya que nunca me sentí
comprendido. Fui entonces de a poco entendiendo el rol del actor y el rol social que tiene el
teatro y la importancia fundamental del arte en una sociedad, en un clan, en un mundo.
Conocer diferentes directores de la historia, de Europa, miles de personas que lograron
profesionalizar un sistema. Además, entrar en un nuevo sistema de estudio. Un estudio
responsable. Encontrarte con tus compañeros para crear algo y luego mostrarlo. Esto se
cuestionaba con grupos de hasta veinte personas (ya no eran cuarenta donde cada uno daba lo
mismo). Cada uno tenía su discurso, su derecho a expresarse, su tiempo de hablar y la capacidad
de cuestionamiento. Esta nueva forma de enseñanza fue muy hermosa.
Nemesio Pelao… fue una obra que sufrió muchos avatares antes de ser puesta en escena,
finalmente, por la compañía de Andrés Pérez ¿Qué recuerdas de ese tiempo?
Aunque puede sonar melodrámatico, pero el que se dedica al arte tiene que expresarse de alguna
manera, porque si se quiere hablar del alma, de los dolores, de las penas, tienes que hablar de
lo tuyo. Yo siempre he contado cuando empecé a dar entrevistas sobre Nemesio, dije que era a
partir de la noticia sobre la muerte futura de mi padre. Y no es que quiera mentir o “vender la
pomada”. Ha sido un camino muy extraño, medio esotérico. Antes no creía en esto. Yo era
católico, ahora no lo soy. (risas). Evoluciones que he tenido. He hecho una religión propia que
es el teatro. Esta obra me ha dado la posibilidad de tantear otra metafísica, otras
dimensiones. Aquí se habla del hijo huacho. Yo me hice padre de mí mismo en esta obra, me
profesionalicé, me hice dramaturgo y actor de mí mismo. Cuando me da la noticia Andrés Pérez
que quería dirigir esta obra yo no lo podía creer. Fueron cuarenta páginas que le entregué
durante el montaje de “La Pérgola de las Flores”, con la plena ingenuidad que él me ayudaría
solamente para guiarme. Esto con el fin de terminar el último proyecto de Técnica Dramática que
se da como ramo en la Escuela de Teatro de la Universidad Católica, y que es un curso de
dramaturgia que va evolucionando como malla curricular. Muere mi padre el 4 de abril del 97.
Una semana después me llama Andrés. Yo de alguna manera intuía que él podía dirigirla. Algún
ángel me dijo que se la entregara. Pero cuando ocurre esta coincidencia fue una cosa increíble.
Andrés era una de las personas que más influencia había tenido en mí teatralmente, desde el
hito de “La Negra Ester”. Son de esos gurú que se aparecen de pronto. Me llamó muy emocionado.
Me contó que
se había amanecido leyéndola y releyéndola y también imaginándola. Entonces, lo primero que
piensas es en tu padre, tu historia, tus amigos, tus calles, tus paisajes, los lugares donde
estudiaste. Entonces piensas “Qué ganas de que sea acá”. Fue lo primero. Talca. Al fin. Me
sentía como el canal de tanta gente que vive aquí. Pero después de tener tantas ilusiones llego
a Talca y empiezo a ver la realidad. Me di cuenta que esta ciudad está en una burbuja. Nadie
pudo valorar simplemente que era una obra talquina y que la quería dirigir Andrés Pérez, que se
trataba circo teatro y todas los cosas que ello significaba.
Yo golpeaba puertas y la gente te decía “Qué rico, sigue adelante”. Entonces tuve el primer
mensaje: “Oye, la gente habla mucho” (risas). La gente promete mucho pero al final nada. El
segundo mensaje fue bajar el perfil. Lo que era tu ilusión y tu utopía va a ser en otro lado.
Resultaba duro ver la realidad en la que estaba viviendo y como se encontraba la calidad de la
cultura en esta ciudad.
¿De qué manera, a tu juicio, se universalizan las claves, para que una obra inserta en un
contexto local amplíe su radio de acción y sea receptada por públicos tan diversos?
Yo creo que la frase “Muestra tu aldea y serás universal” es la clave de todo. Nosotros somos
parte de un inconsciente colectivo. Cuando uno parte de algo íntimo y verdadero obviamente que
se hace universal. Yo creo que todos estamos conectados inconscientemente con la muerte de la
misma forma, estamos conectados al dolor, a la alegría. Y cada uno cuando siente la muerte de
alguien, tiene que ver con lo mismo, porque nos reflejamos en el otro. Necesitamos de la
sociedad. Somos un clan. Porque a pesar de la individualidad de estos tiempos, extrañamente
estamos conectados con el otro. Por lo tanto las claves para llegar a esta universalidad son a
partir de tu interior. Cuando sale lo más hondo de ti se produce un destello.
¿Te reconoces principalmente como autor teatral o desarrollas otras actividades dentro del
mismo campo?
A mí me gusta todo. Antes de actuar en el “Po pol vuh”, empecé con mi amigo Mauricio Flores
(tramoya Nemesio Pelao…) construyendo la escenografía, instalándola. Yo tengo un gran amor por
el circo teatro, ya que cada obrero es de alguna forma un actor, y tiene que aprender una
escenografía, y también dirigir y escribir. Por lo tanto mi acercamiento con el teatro es
total, me gustaría dirigir más adelante, lo estoy actuando, ya lo he escrito. No tengo medida
por qué lado me gusta más. Me fascina todo.
¿Con qué propuesta del teatro chileno te sientes más afín, y que grandes referentes reconoces
en tu obra?
Tengo una gran afinidad con el circo teatro de Andrés Pérez, por todo un cuento con lo popular.
Tengo mucho acercamiento con su forma y cómo Andrés expone. Hay mucha simpatía con lo social
debido a mi origen. Por otro lado está Ramón Griffero. Yo trabajo con él en su obra “Cinema
Utoppia”. Durante los ochenta fue una persona fundamental para el teatro chileno. Griffero y
Andrés Pérez, por caminos distintos, han provocado una influencia determinante, como lo fue en
su época “La Pérgola de las Flores”. El teatro conceptual de Griffero, la cinematografía del
espacio comienza a provocar una nueva forma de mirar el teatro. Todo lo que es instalación, lo
que tiene menos texto y es más emocional con la imagen y, a su vez, el hacer una profunda
critica a la sociedad chilena. Tiene una obra que se llama “Río Abajo” que son puros edificios
o block típicos de la época de Pinochet. El empieza a hacer historia en estos block, mostrando
e indagando en las clases marginales: homosexuales, lesbianas, gente drogadicta. Dando a
conocer una verdad marginal que ha sido muy pocas veces tocada, una historia no oficial, con
una dureza muy fina a la hora de exponer esas realidades.
¿Cómo visualizas el futuro del teatro, y en general del arte, en estos tiempos de apatía e
inercia colectiva?
Yo pienso que va en esa línea que tú mencionas. Mi última obra, que no tiene todavía el título
definido, es una metáfora a futuro de Chile. Y con mis colegas dramaturgos jóvenes, que tenemos
una asociación llamada ADN (Asociación de Dramaturgos Nacionales), advertimos esta situación de
anarquía. Sin ir más lejos, y tomando como referente a Jodorowsky, a quien le creo a veces y a
veces no, por eso lo considero un gran charlatán. (risas). Bueno, él dice que estamos en un
proceso de “muerte necesaria” que puede durar veinte o más años. Pero la muerte significa una
suerte de renovación, por lo tanto no es tan trágica. Estamos en una individualidad donde prima
este sentimiento globalizado que te da más opciones, pero que por lo mismo destaca la
individualidad, la falta de afecto. Durante mucho tiempo (Dictadura), la gente tuvo que dejar
muchas cosas personales por un sentimiento universal. Por eso considero que esta sensación
actual de apatía es necesaria. Estamos, como dice Nietzche, en una especie de espiral. Yo creo
que después de haber pasado por una utopía, finalmente esta se terminó. Ahora vivimos la
frustración de este cuento, que es natural. Y cada vez esta suerte de anarquía va a ir en
aumento.
Cuando una obra es grande y verdadera, termina por imponerse, a pesar de la envidia o la
ignorancia ¿Cuál es, según tu experiencia, la función del creador al respecto?
Hemos perdido tanta historia. Durante los años sesenta se prometía algo increíble. Si no
hubiese existido la dictadura, estaríamos cosechando todo lo bueno de aquel período. Ahora nos
encontramos nuevamente sembrando. Todavía nos falta mucho en educación y en lo que respecta al
arte, yo lo veo muy mediocre, muy adolescente. En mi caso, por ejemplo, al irme bien con mi
obra, yo he notado la falta de solidaridad. He sentido el peso del éxito, por llamarlo de
alguna forma. Una hermosa envidia que a veces se transforma en algo más oscuro. Yo tampoco me
abstraigo de este sentimiento. Estamos todavía en un estado muy mediocre, de no aprender del
otro sino de valer lo mío. En Santiago he sentido mucho esa sensación y en la región todavía
más. Nos faltan años de intercambio partir del otro más que de nosotros mismos. Esta falencia
de padre, este huachismo, nos ha hecho ser aún más patriarcales, todavía vivimos en una
situación de colonialismo y mestizaje que nos produce una cosa limitada en el cerebro. Dicen
que estamos evolucionando, pero yo creo que aún nos falta mucho tiempo.
RAYUELA
Revista de cultura regional
Año 1, número 4
Talca (Chile), diciembre de 2000
VI
FULVIO FERNÁNDEZ:
“CREO PROFUNDAMENTE EN LA CAPACIDAD CREADORA DE LOS SERES HUMANOS”
por Mario Meléndez
Pintor, fotógrafo, profesor, trotamundo empedernido. Durante largo tiempo viajó por Europa
tras la aventura del conocimiento. Pero finalmente decidió regresar a Chile, porque “era
necesario enseñar” todas las experiencias del arte y de la vida adquiridas en el viejo
continente.
Yo viví cinco años en Alemania. Es el país más rico de Europa. Lo que significa muchas cosas
que lo hacen diferente a otros países, sobre todo en la escena cultural. Allá experimenté una
situación poco convencional malamente denominada underground, que es un vocablo anglosajón.
Pero tiene que ver un poco con eso. Tal vez con el cliché del underground. Era una realidad
bastante autónoma que sería la definición más correcta. Allí confluían muchas cosas y eso fue
lo que me gustó. Con diversas propuestas creativas que atravesaban la política, el arte, lo
audiovisual, con diferentes expresiones, y la existencia como una forma diferente de vida, lo
que era tanto o más interesante que el resto. Confluían especies humanas de todo el planeta. Y
ya no estamos hablando de “yo hago mi cosa creativa”. Estamos en una conjunción de personas, de
seres humanos, con diferentes historias, anhelos, alegrías, colores y propuestas. En ese país,
aparte de estudiar el idioma, hice cuadros y afiches, de los cuales me gustaría destacar dos
trabajos. El primero fue el que me solicitaron unos historiadores alemanes para efectos de un
aniversario más del bombardeo a Guernica. Me pidieron una pintura que hablara un poco de esta
situación y que tenía que ver mucho con la ciudad en donde viví, Hannover, porque desde allí
parten los aviones para el bombardeo. Estos historiadores relatan aquella situación, de cómo se
prepararon los aviadores. A ellos se les dijo que iban a entrenarse. Pero una vez llegado al
lugar supieron en verdad a lo que iban. Sus familias creyeron que andaban de vacaciones en
España. Sin embargo ellos estaban a pocos kilómetros de la ciudad de Hannover, preparándose para aquel hecho terrible. A través de este libro conocemos todos los pormenores de aquel suceso ocurrido durante el nazismo. Entonces yo ejecuto la obra, que me ocupa alrededor de tres meses, disponiendo de toda la libertad para hacerlo. Además, una historiadora había visto mi trabajo, adquiriendo luego una de mis obras, lo que me dio mayor confianza. La primera instancia de ejecución fue una cosa muy directa, bien simbólica. Pero a raíz de la crítica que me hace un muchacho, me doy cuenta que tenía razón y efectivamente estaba mal lo que había hecho. Yo llevaba casi un mes en esto. Pero luego empecé a recordar que en latinoamérica tenemos nuestros monstruos. También tenemos vértebras quebradas, guerras y crímenes recientes. Y comienzo a visualizar toda la situación zoomorfa latinoamericana. Lo ocurrido en México, Centro América, los aztecas, los mayas, los olmecas,
toda la historia mapuche en un contexto antropomorfo y zoomorfo. Y entonces me doy cuenta que
allí estaba la clave como solución estética. Comienzo a crear desde esa visión y empieza a
quedar bien. Finalmente reúno todos los bosquejos y hago el cuadro. Esta obra es enviada a
Guernica y luego entregada en un acto oficial. Este trabajo le gustó mucho a los vascos, cosa
que a mí me dejó muy satisfecho. Ellos son gente muy comprometida socialmente.
El otro trabajo consiste en una especie de tríptico y pinturas para el encuentro denominado “25
años de neoliberalismo en Chile”, realizado en Munster, que es fundamentalmente una ciudad
universitaria de Alemania, que recibe gran cantidad de alumnos de todo el mundo, lo que genera
un ambiente muy especial y agradable. A este congreso asiste gente importante de la
intelectualidad chilena, con los que luego compartí algunas cervezas. Yo quedé muy contento con
el resultado de ese afiche. Finalmente hay alrededor de cinco mil fotografías en blanco y
negro, de las cuales tengo sólo los negativos. Representa un gran trabajo que hice durante mi
estadía en Alemania. En él, de alguna manera, reflejo las situaciones con las cuales alternaba.
Todo esto constituye una escena muy fuerte donde tú creces, aprendes, dejas de lado algunas
cosas, tal vez te llegan otras, una escena con muchas contradicciones de forma y de fondo. Eso
es lo que yo destacaría de este período. Pero llega un momento que decido volver a Chile, pues
no me sentía bien conmigo mismo. Decido regresar, además, porque era necesario enseñar acá. Esa
es la gran respuesta, digamos. Luego ¿Por qué a Talca?. Había allí una serie de cosas bien
agradables. Yo tengo un nexo con esta ciudad. Mis abuelos maternos fueron normalistas acá. Mi
madre estudió en un colegio de monjas en la calle dos sur. Yo comienzo a investigar y me doy
cuenta que hay mucho de historia en lo que se refiere a mi familia. A mí jamás me han gustado
las metrópolis, a pesar de tener un encanto extraordinario. Berlín, por ejemplo, tiene
una
magia única. Yo lo viví a pocos años de caer el muro. Pero a mi juicio el muro todavía está
cayendo. Se han derribado kilómetros de cemento, pero el muro todavía sigue allí.
Las
metrópolis son interesantes. Otro ejemplo es Bruselas. Para entender a Magritte hay que estar
en Bruselas. El es muy figurativo. Cuando viví un tiempo allá lo entendí, y de alguna manera me
incluí en el andar de la ciudad. París, por otro lado, es muy especial. Los argelinos en ese
momento colocaban bombas por todos lados. Es una ciudad muy latina, pero también es una
metrópoli. Allí todo sucede muy rápido. Te insisto, la metrópoli de verdad es un cuento muy
agradable. Lo mío fue más bien observar, crear, vivir. Son escenarios disímiles pero con
personalidad muy fuerte y muy propia. Pero también hay mucho de soledad, de gente que no sabe
hacia donde va. A mí siempre me han gustado los sitios donde yo pueda observar la naturaleza, y
en esto cabe Talca, poder sentarme tranquilo, la gente, el paisaje, etc. Pienso que acceder a
la información no es a veces lo más importante. Estar en la metrópolis hoy en día con este
propósito no es a mi juicio una decisión inteligente o sabia. Yo vuelvo a Talca porque
derechamente me surge la posibilidad de trabajo. Traía algún dinero que al poco tiempo se
termina. Una de las primeras ofertas que recibí era enseñar a leer a primeros y segundos
básicos en una reducción mapuche. Yo dije “esto es lo que necesitaba”. Pero por buena o mala
suerte no sucede. Y surge la alternativa de un liceo en Talca, de desempeño difícil, lo que me
interesaba enormemente, con muchachos con baja autoestima, problemas conductuales, situaciones
de desarraigo, etc. Me establezco y comienzo a trabajar. Hago una pausa en la cosa creativa,
individual. Y aquí entro en lo que llamo creación, que no pasa por la pieza donde estoy
pintando o armando algo. Yo pienso que el acto creativo contemporáneo tiene mucho de contacto
con la gente, llámense obreros, campesinos, estudiantes, etc.
Creo profundamente en la
capacidad creadora de los seres humanos. Naturalmente en algún momento eso provoca desgaste.
Por otro lado, canalizar esa situación es extremadamente enriquecedora. Tú puedes aprender
bastante de los alumnos. Te hacen muchas preguntas producto de su situación. Yo soy el profesor
y este es un ramo. Pero cómo levantamos esa muralla. Esto es un proceso que se va dando de a
poco. Al trabajar con ellos les doy bastante libertad. Los alumnos tienen pintadas casi todas
las salas de clases. Hemos pintado los bancos, las paredes. De repente se arrancan y pintan
hasta los vidrios. Aquí les digo que no se puede porque no entra luz y no nos vemos. Esta es
una pequeña introducción de cómo yo los encamino hacia una situación creativa en base a alguna
labor específica.
En lo que respecta a la situación contemporánea del arte, hoy en día es bastante disímil. Por
otro lado hay una suerte de conservadurismo. Esto ocurre en algunos grandes centros de Europa.
Pintar por agradar, por vender. Un poco por ganar influencia en Europa que no es lo mismo que
ganar notoriedad acá. Tú haces una pequeña muestra en el George Pompidou, el corazón de París,
que es una cosa enorme, y hasta allá llega un Embajador o Ministro de cualquier lado. Lo que
genera un montón de espectativas. Hay una situación de trabajar mucho con el desecho, que es
una reacción natural a esta sociedad de consumo. Yo mismo, en una acción de arte, quería tomar
un auto en desuso, pintarlo, y luego agarrar este auto a martillazos con un combo gigante.
Filmar todo eso y mandarlo a Chile. El auto aquí es como un objeto de culto. Pero existe otra
corriente contemporánea contestataria a este tipo de consumismo, y que de alguna manera están
interviniendo. Hay una situación de enfrentarse con espacios muy constreñidos, donde todo
ocurre de cerca. Todo sucede al frente tuyo en una suerte de espejo, eso por una parte, la cosa
macro de la idea creativa, y lo otro que tiene que ver con lo multicultural, que en Chile se
habla de ello pero sólo a nivel de cliché. Pero lo multicultural es una cosa muy seria.
Constituye una apuesta de muchos artistas, y está relacionado, de alguna forma, con lo que
viene. De repente se ve muy como de álbum de estampillas, con muchos colores, formas,
situaciones de movimiento, de creación. Suele ser a veces como un mar de cosas, pero con un
centímetro de profundidad. Hay gente muy bien intencionada en relación a esto, dejando muchas
cosas personales. Se produce una situación muy rica de interrelación. Semanas enteras de
cultura, donde cada país exhibe lo suyo. Lo que podía ser vanguardia en algún momento, está
tomando estos elementos, pero no es fácil colocarlos en forma adecuada. Porque tú en Europa,
donde el arte es subvencionado, no puedes llegar y tirar un cuento con el riesgo de perder este
apoyo. Sin embargo hay gente que se la está jugando para que esto se mantenga, lo que no está
mal. De lo contrario no tendría tal fuerza. Pero de qué manera yo relaciono la situación de un
país X del planeta, cómo la sintetizo, luego cómo hago el nexo con un quehacer anterior. Esta
situación de lo multicultural es una gran pregunta aún. El gran aporte es que te recrea cosas,
en ningún momento tú te extravías. Yo recuerdo a Cortázar quien sostenía (no son las palabras
exactas) “Que estar en Europa te hace menos insular, te saca cosas de encima”. Eso es el gran
aporte. Cuando tú te encuentras con otros códigos. Pero luego viene la gran pregunta ¿En qué
momento esto se mantiene? Y eso es uno de los grandes riesgos de la multicultural, que en
Chile, insisto, sólo se maneja a nivel de cliché.
RAYUELA
Revista de cultura regional
Año 1, número 4
Talca (Chile), diciembre de 2000
|
|