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  AMSTERDAM
Carlos Barbarito: Poeta Argentino
Hacia Figuras de Ojo

Poeta Carlos Barbarito/Hacia Figuras de Ojo
CARLOS BARBARITO

AMSTERDAM:

A María y Cecilia
A Ricardo Nirenberg
A Miguel Ocampo

Entre nosotros y el cielo o el infierno
no hay más que la vida, que es la
cosa más frágil del mundo.
Pascal, Pensamientos, IV, 349.

...y el Sueño no se acuesta nunca,
sino que camina con ojos feroces,
implorando al Tiempo.
Oscar Wilde, Balada de la cárcel
de Reading.

¿Es una falla en la trama, en el diseño?
Es no y nunca, espera detrás de un vidrio esmerilado,
un se debe estar muerto para eso,
lento desollarse en tierra para ningún cielo;
tal vez el agua se junte con el sueño,
lejos, en alguna parte.
No.
Un vientre liso. Un seno reseco.
Un filo que pulsa un olor sin gracia.
Un naufragio de pez. El bosque pintado.
La ciudad bajo la arena.
En soledad, arde. Arden cosas
como llaves rotas.
Yo la amé en su cama -dice -,
entre flores sobre piedras,
entre bocas, en el fondo números, dientes.
Pero de todo sobrevive
el tiempo, un rasgón en el fieltro de la noche,
la lámpara vacía.
Inscrito,
grabado a fuego en muslo, duradero,
venido por un largo hueco
entre hueco y hueco,
adelante,
informe, tal vez ciego,
donde siempre me sitúan.

Como nosotros, hay que ser como nosotros
-voces-
los brazos a lo largo del cuerpo
y el cuerpo en un mueble estrecho;
no hay fuego en el cielo, sólo en la tierra
- la mujer, si rescatada del naufragio,
blanca, los ojos abiertos, la frente helada,
la raíz, si errónea, superflua,
la luz, si interna, secreta, de lámpara casi vacía -.
Saquean el mar, lo despojan de sus olas.
El relámpago, en un pozo.
¿Cuál es el cordero? ¿Dónde está el cuchillo?

Cerca de un poste de teléfono,
en el barro que dejó la lluvia,
el cadáver de un gato.
Lo veo y pienso en el tiempo,
en el deseo que el amor no consume,
en eso seco que se aferra a una idea
de fertilidad, de descendencia.
Me alejo. Detrás los insectos avanzan,
van a limpiar otra vez el mundo
de lo innecesario y superfluo.

No concuerda con género alguno,
ni gustable, ni odorable.
Trasparente, atravesado de luz,
sin adherencia posible,
a nadie semejante.
¿Cómo colorearlo,
expresarlo en sílabas,
mensurarlo en caloría y calidad?
Alto, despegado, solo.
Yo mismo, donde no me alcanzo.

De otra ciencia, apenas en los bordes
conocida, de un hervor
en aguas de malaria. Llega,
¿o siempre estuvo aquí,
antiguo, acaso ínsito en cada cosa?
El temor arde, entre escombros,
cerca de la orilla. Del choque
de la sombra y la luz
queda apenas una superficie sucia
en la que poca cosa se refleja.
En conjuro, cavan pozos,
hacen gestos en la oscuridad,
lamen la herrumbre.
Pero, todos, vistos desde arriba,
exiguas figuras a las que ninguna sanidad acude
y en ningún fruto, finalmente, se transfiguran.

Desde alguna parte, el sonido
de un martillo contra el yunque.
Lo oigo aunque cierre las ventanas,
intente pensar en otra cosa.
Un sonido distante,
producido por un anónimo, oscuro herrero,
echa abajo mi casa,
me arroja desnudo y solo al mundo.
Ahora todo es flujo
y reflujo de aguas, sismo
en lo más profundo, árboles
inclinados por el ciclón
o quemados por arriba por el rayo.
¿Y ahora, desnudo y solo,
caído en medio de la tierra,
entre lo que cae, se rompe,
estalla, se dispersa y extravía,
deberé esperar la improbable piedad
de alguien que no me conoce
e ignora el efecto de su martillar?
Más allá del vidrio da inicio el día,
durará un instante, fugaces el eje, el punto
de apoyo, la piedra blanca, o negra,
del silencioso, puro sacrificio.
Detrás, en fila, ansia detrás de ansia:
besos bajo borrascas, cópulas
contra altas verticales,
olas que sepultan bosques y hoteles.
No lo olvido, allí también está la muerte.
Por ahora, sólo por ahora,
fuera de escena, indiferente.
Finge, desde aparente altura,
ser la precisión, la exactitud. Pero
está desnuda, como todos,
bajo lo que la cubre. Pero
siente frío cuando oscurece,
necesita una mentira
cuando descubre, en la pared más blanca,
una mancha.
Desde todas partes,
preguntas, filosas, perentorias.
Desde una esquina vacía, un aceite fluye,
pretende ser analogía de lo vivo,
se seca y se detiene,
devenido en estrecho ojal, en mísera teología.
Cabeza de animal, medio enterrada,
bajo la noche del mediodía:
qué es, a esta hora, de la muerte,
qué del amor, bajo el vestido, el deseo.
Hueco donde hubo ojos, nada de dolor,
un dolor enorme, estaca.
Y hueco donde hubo casa, abrigo,
risa detrás del número.
Veré qué hay detrás
- dijo;
detrás de la carne, del género,
de la posibilidad, del sueño.
Me vertiré entero, en partes,
gota a gota sobre cascotes, cenizas;
caerá aguacero, sin medida,
seré el ahogado, allí, desnudo, pobrecito.
Ecos, perfiles, sombras,
joyas falsas, silbidos de ratas, linternas
en lo oscuro, lo oscuro en papel teologal
u obsceno, hueco, tal vez, quizás, jamás, nunca.
Cabeza de mujer, de hombre:
el animal se retira, a lo lejos se hunde.

(a W.S.)

Irá la sangre al fracaso
y la muerte será, ¿alguna vez no lo fue?,
madre y padre de la belleza.

No es cuerpo, es sombra, ante
la desembocadura, el amplio estuario
que da a la noche. No
está entero, está roto, en el centro,
a ambos lados, justo
a la salida de la infancia, cuando más duele.
No reza, muerde, arranca
pedazos de mundo, de algún remoto dios
que habita, entre ratas, los albañales.
No duerme, vela, se muerde la lengua
para no dormir, no llora,
llora antes de quedarse ciego,
de perder una pierna bajo la tormenta,
picado por insectos y pájaros,
entre trapos de adiós y muebles
desvencijados,
inútiles.

Pasa, no enseguida, tarda su tiempo
- hay musgo en la pared
como sudor en la sábana-
No materia, imagen,
besan el espejo, lo que parece espejo,
no se abrazan, derivan disociados,
blanco sobre blanco
sobre blanco espeso, agrio
- alrededor, encima, pero lejos,
el mundo no encuentra en ellos
su propio vacío, su propio lleno -.

No te toques
- le dijeron;
cae cal del cielo,
cae arena que no dura.
Hay algo ahí adentro.
Hay piedra que rueda,
sólida luz contra las horas.
Es espeso, ácido, turbio
y angélico, único y diverso.
Cae pez que no envejece,
pulpa que no muere,
hilos atados a hilos
que luego suben, otra vez,
a reunirse y hacerse madeja.
Pero no te toques
- le dijeron.

(A Mirta Kupferminc)

...hijos de un alma tímida
que la tristeza arroja al delirio.
Spinoza, Tratado teológico-político.

Y ahora todo sucede,
afección de una sustancia
menos densa que la noche
y más espesa que el agua.
A través de un juego de lentes
- que otros llaman dios -,
un eco reverbera de muro en muro
bajo la lluvia.
Y ahora nada sucede,
rotura, emigración, extravío,
piedra que al ser frotada
no produce chispa.
No hay agua que bebida
traiga sueños, visiones.
No hay materia que,
imantada o perforada, revele su secreto.
Alguien, un instante antes de morir,
siente que la vida
no es sino una variante menor
de la fuerza que pudre los frutos
y arrastra las hojas secas.

No importa en qué idioma se escriba.
Toda lengua es extranjera, incomprensible.
Toda palabra, apenas pronunciada,
huye lejos, adonde nada ni nadie puede alcanzarla.
No importa cuánto se sepa.
Nadie sabe leer.
Nadie sabe qué es un relámpago
y menos cuando se refleja
en el pulido metal de un cuchillo.
Ahora la noche parece un mar.
Por ese mar remamos,
dispersos, en silencio.

Nada crece excepto el pasto.
Nada salta a la vista salvo alguna piedra
y lo que la piedra contiene y resguarda.
Aquí, lejos de la playa,
lejos del sitio donde el agua
devuelve cada tanto
metales oxidados, enmohecidas maderas,
algún cadáver de delfín o tortuga.
No sopla el viento capaz de empujarnos
hacia lo entonces prometido.
Los minutos que pasan se hacen horas
pero jamás días y sí noches
que jamás consienten en ser años
y sí siglos en los que alguien muere
y otro, que lo ignora, bosteza.

(A Jorge García Sabal)

Arde la materia, no nos salva,
arde - astillas, filos,
bujías - no
nos salva. No nos cubre
de la lluvia, no
nos quita del camino
cuando vienen las bestias
- arde, echa humor, olor,
otros dicen dios, otros se callan-
No importa que esté yo vivo.
No importa que estés muerto.
No - astillas, filos, bujías-
nada.

(María Gracia Subercaseaux, Espejo)

Los ojos abiertos, cuando está oscuro,
los ojos cerrados, cuando estalla
el relámpago. ¿Qué
falla en el instante puro,
en la instancia más abierta y destilada?
No somos polvo ni hierba.
Y lo somos, aunque entremos al mar
y, entre olas, sepamos
que allá abajo hay plantas y peces.
¿Quién instaló muerte,
azar? ¿Quién puso llama
en el extremo de la vela,
bestias cabeza abajo,
dolor en el dolor?
¿Es todo cuanto podemos decir?
¿Y esa que, desnuda,
al pie de una cama
con sábanas revueltas,
a sí misma se contempla?

(A Guillermo Roux)

Pensar el mar, ante paredes de piedra,
el mar inundando las esquinas,
las casas, los cuartos donde se ama o mata.
Bajo el agua, una luz.
Iluminado, alguien flota entre papeles y tintas negras, rojas.
El mar es cuanto se sabe y no,
inteligencia y catástrofe, aislamiento y cortejo;
una respiración antigua, una cópula sin medida,
lo ancho, lo balsámico y lo cruel,
lo que muere y se convierte en sólo fondo.
Allí van a dar los restos de algún dios, de la lluvia.
No hay otro modo de llegar a Jerusalén
- dijeron -
pero, ¿quién es capaz de tal cansancio?

¿Y por qué llorar a los muertos?
¿Por qué soñar y despertar y volver a soñar?
¿Cómo obtener abrigo
mientras el día queda siempre del otro lado,
las ramas se amontonan en un rincón del patio?
Enciende un fuego bajo un cielo que huye.
Arma una pasión con hojas, cáscaras, palos.
Solo, entre pequeñas bestias que amamantan
y maduran para la gravedad y no para el vuelo.
¿Una piedra puede florecer? ¿Qué espera,
entonces, qué hace allí, sucio, desnudo?
De lado a lado, ventanas apenas iluminadas,
detrás, una marca, la vejez, la costumbre.

Ella se desviste frente a un espejo.
Desnuda, en otro instante
de su existencia de baya
que madura para la muerte y el deseo,
parece resignarse al eterno juego
que alterna los días y las noches,
trae mayo después de abril,
lleva y quita las aguas de las playas,
da vida y mata a cada cual,
no importa si sintió miedo con cada relámpago,
anduvo por húmedos caminos
o durmió bajo cielos siempre en fuga.
Y sin embargo, afuera,
en lo profundo de la tierra, en plena mañana,
una oscura ciega criatura del crepúsculo
cava con sus uñas hacia arriba,
un súbito viento tira abajo
la cortina que separa al público de la escena,
un árbol incendiado atrae a las bandadas
que al fuego una tras otra se precipitan
y encuentran belleza en las llamas.

Pero queda el sueño: allí,
desnudo, aquello que en la vigilia
no puede verse sin que duelan los ojos.
Queda, entre pliegues y pliegues,
lo que en el hombre es trabajo
y en el niño juego, agua
que su huida permanece,
en su avance reposa. Y
queda también quien sueña,
a la luz de lo oscuro:
se colma con lo que en otros
es pérdida, despojo.

Podría, entre oculto y sumergido,
esquivar la muerte, tornar
liviano el peso, alumbrar lo oscuro...
Es un deseo; la muerte
cava, toda uñas, desde el fondo,
el peso obliga a ser piedra
a lo invisible, lo oscuro
gana porciones de día
hasta el borde donde se confunden
ventura, imán y deriva.
En cada muro un idioma sumergido.
En ellos leo, como otros leerán
en la lluvia o en el vuelo de las aves,
cómo infesta de a poco su pulpa el tiempo,
en qué cieno o ceniza se transfigura.

Parece decir ella, la mano
en la frente, escondido el rostro,
no, no es posible, lejano,
ajeno, como visto a través
de borrasca. No,
no sirve el consuelo de la luz,
el gusto de la fruta;
afuera, rama sobre rama,
un agua breve, sin sonido,
reflejado en el agua, por un momento,
un rostro que parece anunciar verdad
y de inmediato se disipa.
¿Ir más allá entonces? ¿A dónde?
Si el mar es quimera.
Si la madre es madre de consunción y culpa.
Si el padre es sepulcro con una gran piedra encima.
¿Al sueño? ¿Es que el sueño
puede al menos justificar la vigilia,
partir la vigilia en dos mitades,
una, de inocencia, y otra, su espejo?
Cae, con las alas cerradas.

(46 de la rue Hippolyte-Maindron)

Aquí, donde señalo, padre seco
de hijos secos que el tiempo gasta
en bordes y centros. Espacio
en las lindes de lo inmóvil,
se avejentan sin envejecer, figuras
dispuestas en línea recta
bajo estrellas fijas, fijos polos.
Bajo el mar, no hay mar,
largos y vacíos peces con ojo hueco
y marca, ópalos, arcillas,
cobres, cada muerte con su cábala,
cada vida con su ojiva, y, en lo alto,
aguas dispersas, tramas, médulas.
¿Es destino, inocencia, idioma
de panal, de éter? ¿Es
falso o hermoso, hermoso y falso,
digno de sal o digno de melodía,
abeja que pica y enseguida muere,
sangre que fracasa, marco
que aguarda una tela que aún no es pintura,
estrella que cae al suelo
y estalla y disuelve tiempo y sombras?

(A Pedro Enríquez)

Se percibe, aunque invisible.
Aunque, de a poco, se disipe,
diálogo apurado al borde de la tormenta.
Aunque hayan variado poco las orillas,
el mar haya seguido depositando algas en la playa,
los mismos y oscuros clientes
hayan entrado al mismo y oscuro cuarto
y no se desnudaron y desnudaron
a la misma y oscura mujer de siempre.
Se replegó lo que no debiera replegarse,
sin perder tiempo, sumiso.
La lluvia inundó lo vacío de ley.
Y fue ley lo pedregoso, lo oxidado,
el revés, la espalda, la nuca.
El padre sabe lo que el hijo no quiere saber.
Contra la pizarra, la centella.
Estalla, se esparce
detrás de los vidrios de vagones vacíos
y, adelante, todo, incluso la muerte, pálido, a la deriva.
Tengo por fin un talismán
- lo oigo -.
No, un rincón húmedo,
una mancha en el pañuelo,
una memoria de un humo lejano,
salido de una materia anónima,
errónea, que arde.
La infancia acaba con la primera fiebre.
Luego, hasta siempre,
a cada rato, el aire se angosta y ahueca.
Tiembla la gota en el extremo de la rama.
Abajo, el animal vacila entre huir o quedarse,
husmea en lo dado, orina, con angustia,
en lo negado. Lo que sí muere
es la hoja, ya vacía en sus nervaduras.
Noche: prosa y número detenidos en reflexión
tan pura como inútil. Antes,
supongo, fue el vértigo de lo fijo,
la quietud de lo móvil,
el pecho único que amamanta, el ave
que se pudre al sol, antes de la tormenta.
Luego, el pan bajo la tierra, la piedra en el plato,
partida y comida aunque nadie tenga hambre.
Hija, ¿qué otra cosa puede ser el mundo?

Desnudo, expuesto a la radiación del día.
Se tuerce la hierba en dirección opuesta al viento,
luego de ser pisada por dioses torpes
y alguna que otra bestia.
Duele.
Es un dolor sin especie, sin mancha.
Un dolor que mata de otra muerte,
casa vacía en la tormenta, río inmóvil
donde lo único que dura es el olvido.

Hubo un libro. Leído más allá
del deseo, de lo que desgasta la madera
y torna inútil cada vela encendida.
¿Cuándo?
Será pronto de noche. Habrá ojos,
pequeñas luces en la distancia,
montículos de tierra seca,
lámparas caídas - aún encendidas-
sobre débil certeza y ciencia errónea, ciega.

Detrás, tal vez, sople el mar.
Sople algún verbo
fuera de todo destino de limo, óxido.
Tal vez, ungüentos de Avicena,
bosques de abrazos,
cultivos, enjambres, húmedas implicaciones.
O, tal vez, lo mismo.
Se incorpora. Se viste. Anda.
La hierba se reacomoda.
A su paso todo parece encontrar
dentro de sí cierta forma de la calma.
No debe ser mucha la distancia
- piensa.

Hubo, piensa, existió, tuvo lugar,
tiempo, una duración, un límite. No hay,
piensa, no es viento lo que agita
las cortinas, no es agua lo que moja
los techos, no
es tierra lo que pisan los amantes y los perros.
Qué queda. Qué
queda ahora, hoy, esta mañana,
en la sequedad, en el vacío,
en el silencio.
Qué
es mejor que la herrumbre,
la costra, el hollín.
Qué es bello y justo y bueno.
No hay respuesta. Lo que no hay
es respuesta, apenas
un rostro que se mira
en un líquido incoloro e inmóvil,
una confusión de hojas secas
en el fondo de alguna plaza.
Ni vivos ni muertos.
Ni tempestad ni calma.
Ni tormento ni consuelo.
Ni leche ni sangre.
Sólo un insecto olvidado y ciego
que cava bajo la tierra.

Algo falla en el instante puro,
en el preciso momento en que el agua
se vuelve aire
y después aire en el aire.
Algo anula la vida celeste,
submarina, parte
en dos mitades diferentes el sueño,
deja cada pedazo en una mesa solitaria,
sin mantel, bajo la lluvia.
Algo hay entre los pastos,
en lo oscuro, en cada rincón
de cada casa sobre la que, sin falta,
a cada hora se precipita el cielo.
Algo recorta el cielo,
hunde la tierra, pone
demonios en el vientre de la parturienta.
Siempre es último día,
fuego que no refleja, cosa anónima,
vacía, que se ensucia y no se lava.

Espera la tormenta.
Por ahora, apenas,
ecos, arenas. Un pálido foco de luz
alumbra un río oscuro
lleno de huellas y cenizas,
por cuyas aguas deriva,
desnudo bajo cortezas,
fórmulas, promesas.
¿Espera el reflejo
de sí mismo
contra un tácito cristal,
un animal sólido,
sabiamente inclinado?
No. Aguarda resplandores
cada vez más próximos,
ruidos, golpes
contra las puertas,
el fin de las horas
entre cuanto arrecia y se revuelve.

se mezcla, se confunde. Otro modo
de la muerte, negro diluído
en el centro sólido de lo blanco.
En cada cuerpo, abajo y desde un extremo,
un no saber, un agitado hundirse
en la sombra. ¿Dónde,
ahora, tras la huella de la bestia en el incendio,
si no es en cuanto cae y es arrasado,
el cielo mezclado con la tierra?

Ajusta, con dulce vileza, la soga
en el cuello ajeno, deja
que el otro respire
lo mínimo indispensable.
Desnudo, se extiende cuan largo es
arriba de la carne extraña,
la que vacila entre vida y muerte
y tiene una visión de piedra en llamas
que al Paraíso se precipita.

(El Grial en Punta Asunción)

Se lava en el agua encrespada;
en el horizonte, lejos,
nubes que el viento
junta por un momento
y luego disemina.
Está desnudo,
acaso sólo quien se desnuda
es un poco menos mortal,
un tanto menos efímero.
Se limpia. Se libra de mugre,
de santidad.

(Ahab)

Delante de si, el mar helado. Bajo
el hielo, la huidiza criatura,
blanca máscara de lo insondable.
Al resplandor de los Fuegos de San Telmo
ni dios cristiano ni deidad pagana,
sangre humana mezclada con sangre de bestia,
toneles alquitranados,
esperma sin continente,
un hombre entre muchos hombres,
con una pierna de menos,
aferrado al timón, con una idea persistente
que lo empuja hacia el horror y la muerte.
Todo sucederá, está escrito.
Sucederá también aquí,
aunque no haya mar, ni ballena,
ni barco. No
será Ahab vomitado, a salvo,
en una remota playa. ¿Qué destino
me aguarda a mí entonces,
que persigo con la misma obsesión,
no las palabras, sino lo que en ellas
es manifestación de algo antiguo, profundo y secreto
y ni siquiera se distinguir
barlovento de sotavento?

El mar se amplía justo antes
de que en él se interne el nadador;
una viga deriva por la superficie,
nunca sabrá el nombre del que nada
- que no es, en la inmensidad del océano,
más que ese trozo de madera
arrancado por la tormenta a un barco
enmohecido, viejo-. Tal vez
se ahogue, luego de bracear durante horas.
¿Tiene sentido ese sacrificio? ¿Lo tiene
este minuto en que me inclino sobre el papel
y en el que cabe por entera mi vida,
cada visión, cada cópula, cada madrugada?
¿Si cerrara los ojos, me dejara llevar
por la corriente, desnudo,
entre algas y sargazos, lo tendría?

(Robert Lowell, aeropuerto de Ezeiza, 1962)

¿Cómo luchar contra la locura,
dolor azul en ninguna y todas partes?
Del mundo ahora apenas puede ver el dorso,
un número seco,
la zarza antes de las llamas:
no puede subir desde lo oscuro,
desatar el nudo, calmar el hambre:
hay una aguja que perfora una a una las olas,
un agua salobre y espesa
que llega hasta la boca
luego de infinidad de conductos,
un antiguo hedor que no se disipa.
En la palabra, la sutura.
En la razón, cuerpos
que no se adhieren a sus sombras,
ecos que resuenan sin origen aparente,
una memoria de infancia,
soterrada, transformada en escarcha.
Al sueño sucede una obsesión.
La obsesión precede a la muerte,
con precio y sin estética.
Y la muerte tarda,
viene a lomo de perro con tres patas.
Quiero empezar todo de nuevo con usted-
dice.
Se lo dice a una desconocida,
como se lo diría, en su desesperación,
a una rueda que no parara de girar,
a un evangelio bajo una roca,
a un pez envuelto en pasado y acre.
Y sopla piedad desinflada, apócrifa.

¿A qué atribuir el peso de cuanto pesa?
Se pregunta, enharinado, fuera de eso desnudo;
la tierra, abajo, desprende humores,
y no se ve ninguna casa. ¿Qué esperar,
qué apuntalar, desde qué polo
y hacia cuál fluir sin apoyo, exhalar
sobre lo líquido, en la tonalidad
que, agrisada y hueca, allí persiste y flota?
Gira la cabeza. Mira
en dirección a las hierbas duras,
más allá de ellas, de la arena, de los restos
de un fuego que a nada ni a nadie alumbrara:
aunque difusa, otra escena, otra instancia,
donde, sin que ello signifique todavía el final,
difusos pero visibles, una múltiple gama,
una rítmica respiración, un resguardo.

(A Marianne Moore)

Excluida la idea de la inmortalidad,
quedan el polvo,
la hierba,
el agua que forma charcos,
la rama desde la que canta el pájaro,
cierto misterio que la razón
supone sombra pasajera.
Queda, en fin, la vida,
el cuarto donde una mujer se sube las medias,
el otro cuarto, acaso contiguo,
donde dos se desnudan
y se abrazan, y al terminar
se dicen, uno al otro:
no moriremos.

Se construye una casa
para vivir una temporada en ella,
luego llega el Gran Desalojo. Días, horas
(todo es tiempo), nada dura y hay siempre un límite;
somos playa y la playa no sobrevive
más allá de la orilla. En la casa,
vestidos, desnudos, cuerdos, locos,
poco importa, antes
de la primera ola que también es la última,
sueños que jamás se tumban a dormir
y fijan, en láminas, las paredes, la propia piel,
la ceniza y el agua, lo blanco y lo negro.
¿Para qué?
Encontrar la expresión - dijo Oscar Wilde.




To Carlos Barbarito/Figuras de Ojo


©2004 Carlos Barbarito. Buenos Aires, Argentina.
   
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