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"Dichosos los que trabajan por la paz"

©2006
Benito Balam


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français


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Deutscher


POETAS POR LA PAZ


BENITO BALAM
POETA INDOAMERICANO


Amarás al pobre como a ti mismo

El lugar teológico e histórico de la resurrección de
Cristo.

La gracia de ser prójimo.


Jon Sobrino en una entrevista por televisión española, días después del asesinato que sufrieron sus hermanos jesuitas en El Salvador, decía que “se puede ser cristiano sin ser salvadoreño, pero mientras más salvadoreño se es, más cristiano puede ser uno, y mientras más cristiano se es, más salvadoreño se busca ser”, esto significa que mientras más nos adentremos en la realidad del otro, comulgando con nuestros hermanos y hermanas que gimen por hambre y sed de justicia, más cristianos seremos, porque nos haremos más humanos y al humanizarnos encontraremos más a Cristo en la verdad del prójimo. (Cfr. Sobrino, 1989)
Yo creo que allí está la clave del evangelio en esa preciosa parábola de ¿quién es mi prójimo?, no es por cierto la identidad religiosa (representada por “el sacerdote”, ministro del culto), ni la identidad institucional (representada por “el levita”, cuidador del templo), sino la identidad humana (representada por “el samaritano”, el de diferente creencia y sin cargo alguno).
Esa identidad humana es la que nos hace prójimos unos a los otros, pues es una identidad que no pone como central su propia creencia e institución, sino la identificación humana en la misericordia, la centralidad en lo humano, como encuentro incondicional entre personas o grupos de personas, que portan la misma dignidad a pesar de sus diferencias y situaciones.

Es también una actitud solidaria con quien no tiene mi propia identidad sociocultural, es una actitud fruto de una opción ética radical, la opción que nos lleva a una respuesta humanitaria y solidaria, y luego a una reflexión humanista y cristiana.
Esta opción es por una vocación humana a la que podemos significar cristianamente, como decía antes, con la interrogante evangélica ¿quién es mi prójimo?. Mi prójimo no son simplemente “la gente”, las multitudes, mayorías o minorías, los estratos o clases sociales, mi prójimo es una dimensión espiritual de la conciencia ética, en Espíritu y en verdad, es decir, por la comunión a la que me aproximo con él, y por la realidad insufrible que él vive, donde mi respuesta socioafectiva, de conducta moral o ideológica no tiene ganancias secundarias, ni beneficios particulares.
Es por el contrario, una respuesta incondicional de autosacrificio, autoayuda, autodonación y autogratificación, que implica en la mayoría de los casos poner en riesgo alguna de estas cosas o varias al mismo tiempo: mi comodidad, mis preferencias, mis propiedades, mi familia, mi salud, mi seguridad y hasta mi propia vida.
Mas el valor de esta entrega incondicional no proviene unilateralmente de una opción ética y racional, sino como una opción que responde a la conmoción del corazón, porque mi prójimo no lo descubro aparte de su realidad personal y social, si no me encuentro de corazón a corazón con él, en la misma condición de humanidad, de una igualdad en dignidad, aunque sean diferentes nuestras situaciones existenciales.
El encuentro personal es aquello que me convierte en prójimo de mi prójimo, es decir, nos convierte a ambos, no soy yo si tú no eres, al ser tú mi prójimo, yo soy tu prójimo, ambos somos prójimos cuando ambos optamos por responder al llamado de nuestro corazón, antes de eso solo somos hombres o mujeres, personas sin humanizarse, poco humanizadas o deshumanizadas, solo cuando nos aproximamos yo y tú en una relación recíproca de persona a persona, es cuando nos convertimos en prójimos uno del otro o de la otra. (Cfr. Buber, 1958)
Somos prójimos por ser los más aproximados, los más semejantes, pues al ser más semejantes podemos acceder a ser más fielmente imagen de un mismo Creador, así podemos comprender humanamente que somos hechos a imagen y semejanza de él. Así por el fundamento de la relación yo – tú es que se nos dona el Espíritu de ser en el Hijo del Hombre, hijos e hijas del mismo Padre.
Esta opción por el prójimo es una vocación humana, es el llamado que se escucha cuando un ser humano opta por él. Ese llamado es un clamor, porque es el llamado de la mayoría de las personas del mundo, el llamado de sus voces que gimen en dolorosas situaciones de sufrimiento inhumano. Es el llamado a lo humano nuestro, desde lo inhumano que sufre el otro o la otra.

Es el llamado de lo más humano que existe en el hombre y la mujer, es decir, lo más sagrado, su raíz compasiva y solidaria, la esencia espiritual por la que nos convertimos en personas humanas, la gracia de ser prójimo, como presencia del Hijo del Hombre en nuestras vidas, como presencia de su misericordia, que nos convierte por empatía solidaria en el con-sufriente del sufriente, por ser el más próximo a él, por condolernos, indignarnos y solidarizarnos con su situación inhumana, como hermanos y hermanas de un mismo Ser.
El ser en el Hijo del Hombre, hijos e hijas del mismo Padre espiritual, no es por la carne, sino por el Espíritu, simbolizado en la sangre, como flujo continuo de la vida, que nos convierte en prójimos y nos lleva a sufrir y con-sufrir en él, con él y para él prójimo, encontrando allí la fuente de la alegría de la vida, es decir, los caminos de las Bienaventuranzas, por medio de esa co-participación y re-generación humanas, que es entregar y compartir nuestras propias vidas en comunión y comunidad.



Las Bienaventuranzas utopía central del humanismo cristiano
(Cfr. CEB´s de Brasil, 1990)


En las Bienaventuranzas, Jesús de Nazareth hizo explícito su programa del Reino del Padre, Reino espiritual y humano, ajeno al mundo de las situaciones inhumanas, pero próximo al mundo de las respuestas humanitarias y de convivencia solidaria. Por eso mismo es un Reino de esperanza, misericordia y alegría espiritual aquí en la tierra como en el cielo, es decir, alimentados por el mismo Espíritu en un Reino de comunión (el cielo), y humanizando el mundo en un sentido de ser persona en comunidad (la tierra). En las Bienaventuranzas Jesús se nos hace prójimo y próximo, el más próximo con quienes menos nos aproximamos, recogiendo el legado de la sabiduría de todos los tiempos, que se expresa en el “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, este mandamiento supremo del amor humano espiritual está en el fondo del programa de las bienaventuranzas su fondo pre-esencial que permea cada una de las bienaventuranzas y le da el sentido integral y trascendente que éstas tienen. Jesús mismo nos dice en el Sermón del Monte, en “la cumbre de la pobreza”, que seremos dichosos no si creemos en él, pues su mejor predica es el ejemplo, y esto no es poca cosa, sino si elegimos ser pobres de espíritu, ser pobres por opción, pues no es un conjunto de creencias, costumbres o leyes lo que nos hará entrar en el Reino y ser dichosos, sino si elegimos convertirnos en prójimos de nuestros prójimos más excluidos de ser humanos, como el mismo Jesús lo hace con ellos y con nosotros. Las Bienaventuranzas son las manifestaciones de la plenitud del Reino, mucho más que solo “obras de misericordia”, realizadas a veces de buena fe y otras solo para tranquilizar conciencias, pero de una u otra forma, no son necesariamente frutos de un proceso de conversión profundo y verdadero, que implica ir más allá de mí mismo, escuchar y seguir mi vocación, no en el sentido meramente externo de ir a los demás, sino en el sentido comunitario, interno y externo, de intimidad y empatía, de ir a mí mismo desde los demás.

La praxis de la misericordia, cuando ya ha sido integrada a nuestro proyecto de vida es fruto de un proceso de conversión, que el Espíritu otorga cuando se elige permanecer en una relación interpersonal con una comunidad de pobres en situación, esta acción del Espíritu que se da en ambas direcciones la llamo: la gracia de ser prójimos, ser pobres por opción, siendo ésta bienaventuranza el alfa y omega, origen y destino de todas las demás.
La pobreza por situación y la pobreza por opción son dos momentos de un proceso de conversión que nos lleva a la conciencia radical, ontológica, de reconocernos como criaturas humanas, pobremente vulnerables y limitadas. Es un descubrimiento humano y espiritual otorgado por la gracia de ser prójimos, cuando hemos vencido interiormente nuestra autosuficiencia moral (egocéntrica, etnocéntrica, androcéntrica, eclesiocéntrica); y cuando nos abrimos al amor incondicional, que se nos brinda y que brota de nosotros mismos. La pobreza de espíritu es la fe en la extraordinaria fuerza de esa opción por los pobres, fe que se inicia con una elección de actitud para alcanzar humildad, fe que llega como expresión auténtica de esa mansa y humilde presencia interior, amada, amante y amorosa. La opción por los pobres o ser pobres por opción es una dimensión de la conversión que no se reduce a la persona que conscientemente lo elige, sino que es un don que se da a la comunidad de pobres en situación que lo reciben, que lo acogen, cuando esa persona voluntariamente opta por ellos, recibe las gracias de ese don, por la fe de la gente sencilla y de su propia fe. Gracias a esa relación, el Espíritu puede actuar y continuar su proceso de conversión hasta convertirnos en pobres de espíritu.
Pues la opción por los pobres no proviene de idea o mandato humano, sino del Espíritu que convierte el corazón de piedra en el corazón de carne de un prójimo para sus prójimos. Después del Concilio Vaticano II se le llamó desde América Latina, la opción preferencial por los pobres, elegir por inspiración del Espíritu ser prójimo con mis prójimos, preferencialmente con aquellos que menos proximidad tienen de ser humanos, es decir, es una opción por los pobres por situación, los cuales sobreviven en una situación inhumana, donde está en gran riesgo su vida, su salud, su seguridad, su integridad y su posible desarrollo.
Esta pobreza por situación no es voluntaria, los pobres nacen siendo pobres, no lo eligen, la mayoría de la población humana nace en una condición de pobreza, por una estructura social impuesta que los mantiene al margen de los básicos recursos materiales y humanos. Nacen en un determinado grupo social que es discriminado por su raza, género, preferencia sexual, edad, cultura, religión, clase social, etc. Nacen en un determinado país que está en la periferia, al margen de los poderes del mundo y de los derechos humanos más elementales. Nacen en un cierto estado de discapacidad física, mental o socioafectiva que no es elegida por la persona o ese grupo de personas.Nacen en un abandono si no absoluto, raquítico y crónico, por la falta de los recursos de apoyo que pueden prestar gobiernos, iglesias, ciudadanía organizada, o cualquier otra institución humana.
En ellos se aplica la parábola del ciego de nacimiento (Jn 9, 1-40), cuando los discípulos le preguntaban a Jesús ¿quién era el culpable de su situación?, El les respondía: no es culpable la persona, ni sus padres, sino que esto ha sido hecho para gloria de Dios, es decir, para que se revele la misericordia de Dios, para que termine esa situación injusta e inhumana.

El programa de las Bienaventuranzas es un programa de los pobres por opción hacia los pobres por situación, y visceversa, en un movimiento circular y cíclico, que lo llamaremos círculo virtuoso.

Esto sucede así, debido a que quienes hoy eligen ser pobres, los pobres por opción, más adelante pueden estar como pobres por situación y necesitar la ayuda de otros prójimos. Los pobres por situación generalmente son los que más se prestan ayuda entre sí, por lo que no son solo pobres por situación, en ellos radica permanentemente el Espíritu de Dios, no solo porque están casi abandonados por el mundo, sino porque claman a diario a Dios para superar sus pruebas.
Los pobres por situación, son en la mayoría de los casos pobres por opción, porque ellos eligen ser prójimos entre sí mismos, aunque también entre ellos no deja de estar presente el pecado del mundo, que los divide, los corrompe, los oprime, sin embargo, los infiernos humanos no prevalecen sobre la fe de los pobres de la tierra, tercos en ser prójimos y amarse como así mismos, tercos en vivir su vida comunitariamente.
En el programa del Reino de las bienaventuranzas, (Mat. 5, 6-7 y Luc. 6, 17-26), la primera y la última nos dan el marco del círculo virtuoso que se vive en ellas: Dichosos los que eligen ser pobres y Dichosos los que son perseguidos a causa de la justicia del reino. La primera bienaventuranza como está dicho es la pobreza por opción, la cual proviene del Espíritu Santo, es la bienaventuranza de partida, el punto de arranque del programa del Reino, sin esa bienaventuranza es imposible entrar al Reino.
La última bienaventuranza es la consecuencia de esa opción por el Reino y su justicia, quien opte por él será perseguido por el pecado del mundo.Entonces esos pobres por opción se convertirán en pobres por situación y ahí se cierra el ciclo, para comenzar de nuevo. En medio de estas dos, que nos muestran el camino, pasión y muerte de Jesús, hay dos bloques distintos de bienaventuranzas que nos muestran su encarnación y su resurrección.
En el primer bloque se señalan características de una pobreza por situación (encarnación): Dichosos los que sufren, porque recibirán consuelo, Dichosos los sometidos, porque recibirán la tierra en herencia, Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. En el segundo bloque las características son específicas de una pobreza por opción (resurrección): Dichosos los compasivos, porque obtendrán misericordia, Dichosos los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios, Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios. Si sólo nos quedamos en el primer bloque no es posible humanamente encontrar la dicha prometida, es necesario ver el programa completo para encontrar las relaciones que marcan el círculo virtuoso.

En el primer bloque, la encarnación del Verbo en situación de pobreza, no agota por sí solo la salvación, es necesario entrar al segundo bloque, la resurrección de Jesús por la pobreza de su Espíritu, el cual dona a sus discípulos, para optar por ser prójimos unos de los otros. Entonces ya es comprensible el por qué serán dichosos los que sufren, porque encontrarán consuelo en los compasivos, y por eso serán dichosos ambos, porque dejarán de sufrir gracias a su ayuda mutua; así cuando los compasivos sufran también encontrarán misericordia. Serán dichosos los que son sometidos por distintas opresiones, porque encontrarán quien los mire con limpieza de corazón, es decir, sin prejuicios, exclusión o discriminación; y a la vez, cuando los limpios de corazón sean sometidos habrá quien los trate con la misma dignidad y por ello, ambos encontrarán la liberación y recibirán la tierra por herencia. Serán dichosos los que tienen hambre y sed de justicia porque habrá quien luche sin violencia junto a ellos, los pacíficos, para que consigan lo que es justo; y eso también lo encontrarán los no violentos cuando sean tratados injustamente. Este programa del Reino es nuestra esperanza, por él han vivido y muerto no solo aquellos que han declarado su fe en Cristo, sino todos aquellos que viven una fe que los humaniza aún en las peores situaciones de adversidad, luchando cada día por su vida, es decir, la inmensa mayoría de los pobres de la tierra.

Las Bienaventuranzas son nuestra esperanza porque son fuente de alegría en medio de los infiernos del mundo, son signo permanente de la salvación que nos trae la encarnación y resurrección de Jesús: “La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no pudieron vencer la luz” (Jn 1, 5). Y son signo de liberación de las estructuras de pecado que imponen situaciones de vida infrahumana. Las Bienaventuranzas son un programa para toda la humanidad, pues las situaciones inhumanas son cíclicas para todas las personas y sociedades, aunque no sean iguales las circunstancias, sin embargo, el alfa y el omega, la llave para entrar a ese Reino es la opción preferencial por los pobres, que aquí he llamado la gracia de ser prójimos, el ser pobres por opción para ir en ayuda, sin exclusión y sin violencia hacia los pobres por situación. Elegir ser pobre no exige ser menesteroso o mendicante, sino asumir al pobre por situación como mi prójimo, incluirlo en mi vida, en mi proyecto de vida, e involucrarme en su vida como parte de su vida, lo cual implica una correspondencia, pues no puedo ser prójimo de aquel que no me mira ni me trata como prójimo. Quien solo me ve como una ventaja de uso para salir de su desesperada y desesperanzada existencia, aún no es mi prójimo, pero puede ser mi prójimo, si yo lo trato como mi prójimo mediante una vida comunitaria, donde seamos iguales en dignidad, aunque diferentes por situación y carisma. De otra parte, si yo brindo ayuda como una ventaja de uso para mi propio provecho y prestigio, como impulso de ganancias secundarias, no explícitas y a veces inconfesables, tampoco soy aún prójimo, pero puedo ser prójimo si me dejo tocar por la acogida incondicional de los pobres de la tierra y entro en un proceso de conversión comunitaria para optar en mi vida por ellos. El programa de las Bienaventuranzas al participarnos de un círculo virtuoso en un movimiento cíclico, es capaz de hacerlo porque en su centralidad humana, está la persona en medio de una comunidad de personas con las que se vive en comunión, sólo así se comprende y se puede llevar acabo la praxis de la misericordia, que es la fuente de cualquier experiencia de fe que nos humaniza, esa es nuestra esperanza.


¿Quién es mi prójimo?


Los dos mandamientos centrales que rescata Jesús del Antiguo Testamento son: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser”; y el siguiente que es semejante a éste, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. (Mt 22, 37-40). Ambos son mandatos, o mas bien, exigencias del amor pleno, del amor incondicional, no pueden ser obligadas, son una herencia, una gracia, un don, un fruto del crecimiento en el amor incondicional. No hay ley humana ni moral, que pueda imponer el amor a Dios, ni menos a nuestros prójimos. Por eso, la ley es incapaz de cumplir estos mandamientos del amor. Equivocan el camino las personas e instituciones que pretenden imponer una fe cualquiera y convertirla en ley. La fe que nos humaniza no es solo la que nos da una creencia en el más allá, sino que nos hace ser prójimos con nuestros prójimos. Cualquier fe que busca una espiritualidad olvidándose del ser prójimo, es una fe que nos deshumaniza, es una espiritualidad que nos aleja de nuestro compartir siendo hermanos y hermanas, es un camino que nos esclaviza y nos hunde en la desesperación, que nos ciega hasta la exigencia del aniquilamiento de quien no tiene las mismas creencias que uno.

¿Quién puede amar al Señor con toda su persona? solo aquel que se hace semejante a su prójimo.
Puesto que amar a tu Dios es un acto interno, que solo puede hacerse visible cuando se expresa hacia el prójimo. Si realmente la persona está entregada a su Dios con todo lo que es, eso se notará al relacionarse con su prójimo, de lo contrario su dios es un dios inhumano, un dios que solo exige sacrificios y no misericordia, un dios enemigo de la vida humana. Al señalar que el amor a Dios se hará con todo el corazón, con toda el alma y con todo el ser; nos puede ayudar a comprenderlo los siguientes términos: Dios: es el Espíritu, el amor incondicional, nuestro poder superior, lo más sagrado de nuestro ser, el que está en mí, antes de mí y más allá de mí; a quien podemos conocerlo por una experiencia de fe en nuestras vidas; aquel que se nos revela espiritualmente de forma personal y comunitaria. Corazón: es nuestra capacidad de amar incondicionalmente, nuestra voluntad de sentido que trasciende en relación con los prójimos, la naturaleza y ante el creador.Es nuestra vocación interior, el centro de nuestro cuerpo y alma, de nuestra voluntad y conciencia, allí donde confluye lo terrenal y lo espiritual de nuestra persona. Alma: es la persona humana en su dimensión psíquica y afectiva, corporal y mental, expresada en un conjunto de rasgos de carácter que la distinguen de los demás; conciencia de sí misma (yo) ante sus semejantes y el mundo; identidad inmanente que puede trascender. Ser: es la existencia de las personas en su dimensión ética y ontológica, el ser y el estar son las expresiones más puras y auténticas de las personas, su manera de ser, su estilo de vida, su manera de responder ante la realidad que se vive. Volvamos a ese mandato del amor, que como decimos es más que una exigencia, es un fruto, una donación de ese amor, una gracia convertida en virtud, como dice Teresa de Lisieux: “mi vocación es amar al amor”.

Y digámoslo ahora con palabras más actuales, para mayor comprensión: El Amarás a Dios sobre todas las cosas, puede ser dicho también como: Amarás al amor incondicional con toda tu persona, con toda tu voluntad y conciencia, desde ti mismo y como tu respuesta más auténtica y congruente ante la realidad. ¿Y cual es esa realidad? la realidad de ser humano, de estar en relación con otros seres humanos, la realidad de reconocerme como humano ante otros seres semejantes a mí.
Por eso, este primer mandato del amor está estrechamente ligado con el siguiente que le es semejante: El Amarás a tu prójimo como a ti mismo, puede ser dicho también como: Amarás incondicionalmente, al convertirte en prójimo de tu prójimo. ¿Para qué se ha de amar al prójimo como a sí mismo? el amor es un acto de conversión, al amar al otro estoy de su lado y me hago como él. Es a través del amor al prójimo como yo me hago también próximo ante él. Es a través del amor al prójimo como yo me puedo amar plenamente a mí mismo, no es desde mí que puedo amarlo como a mí mismo, sino que es por el amor a un Dios que me comunica humanamente un amor más allá de mí, un amor incondicional. Si ese Dios en el que creo es verdadero, recibiré su gracia, es decir, me comunicará su amor incondicional con el que podré amar a mi prójimo. Soy para él, como él lo es para mí mismo, porque no lo puedo hacer con mis propias fuerzas, pues nadie tiene mas que una sola vida, un solo corazón, una sola persona. Sólo por la fe eso es posible, la fe que nos comunica un amor más allá de nuestra vida, que nos da la capacidad de ser para otros con la misma fuerza que para uno mismo.
Con solo mi yo, tampoco es posible amarme a mí mismo, necesito penetrar al misterio de mí mismo, que me convierte en prójimo de otro prójimo, que me convierte en persona digna de ser amada y amante, por la participación del amor de quien me creó y ante quien mis padres me fecundaron. En el amarás a tu prójimo como a ti mismo, hay una referencia al tú y al ti que es crucial, es tú prójimo, es decir, no es el yo de la persona lo primero, sino el tú del otro.
Y es en referencia directa a ti mismo, es decir, el yo de la persona se transforma en un tú para los demás, porque el amor hacia el yo está en relación con el tú del otro, está fuera de sí para volver a sí misma, para reconocerse un yo que ama porque antes ha sido amado.
El versículo no dice ámate a ti mismo y luego ama a tu prójimo, no es una secuencia, sino una relación. No se deriva del yo individual sino que emerge de la relación amorosa entre quien es un tú para ti, y quien tú eres para él. En otras palabras, es una relación amorosa entre personas, donde no es posible encontrarse a sí mismo, sin ir al encuentro con los otros, lo que implica una renuncia al yo para convertirse en un tú para los demás. De tal modo, que en el mandamiento de Amarás a tu prójimo como a ti mismo, está encerrada toda la ley y los profetas, el antiguo y el nuevo testamento, como dice Jesús, porque significa aprender a amar incondicionalmente. Este es el mandamiento explícito de su evangelio, el que sintetiza el nuevo testamento y la nueva alianza, el rostro humano del evangelio, el rostro postrado ante el amor incondicional de la justicia de su Reino, ante el Cristo que resucita para “bajar de la cruz a los crucificados”.

El mandamiento de Amarás a Dios sobre todas las cosas, es el mandamiento implícito de su evangelio, el que sintetiza la herencia de las sagradas escrituras en su persona humano-espiritual, el rostro divino en el hombre, porque es el rostro postrado ante el amor incondicional de su misericordia, el Cristo que dignifica a quienes son crucificados y redime a los crucificadores que lo reconocen. Con Jesús se nos revelan ambos rostros humano y divino, sintetizados en el rostro del prójimo que es capaz de amar a su prójimo como así mismo, que es capaz de amar incondicionalmente como el mismo Jesús. El rostro del Dios que es capaz de amar al ser humano como así mismo, el rostro por el que nos asemejamos a Dios, no solo en imagen, creación hecha por sus propias manos, sino en su semejanza, cocreación hecha por nuestras propias manos, por nuestra propia opción de vida, gracias a su participación que nos revela nuestra vocación. Dios nos da la vocación, pero somos nosotros los que la elegimos seguir o no, y es en medio de la vocación donde descubrimos ser prójimos para el prójimo, y ser prójimos ante el Prójimo, el primer prójimo que nos hace prójimos, el Espíritu que nos dona la vida humana. Nuestra vocación de ser personas es una vocación humano espiritual, como la de Jesús, solo con la diferencia radical de que nosotros somos pecadores perdonados y no como él, manifestación plena de la gracia del perdón, de la misericordia de Dios y la justicia de su Reino. Amarás a tu prójimo como a ti mismo es el evangelio de Jesús, el amor incondicional, el Reino de Dios por el que entregó su vida.


¿Quienes son los pobres?


Los pobres son aquellos que día a día luchan por sobrevivir, aquellos que son amenazados de muerte diariamente, no solo por una circunstancia transitoria, sino por una estructura social y cultural permanente, que los depaupera crónicamente y los lleva a la muerte antes de su tiempo natural de vida, muchas veces por una violencia directa (guerra, represión, delincuencia, etc.) y otras veces por una violencia indirecta (falta de alimentación, trabajo, salud, servicios, etc.), “son ovejas destinadas al matadero” de una u otra forma. (Cfr. Sobrino, 1991) Los pobres no eligieron la pobreza, nacieron en medio de ella, están condenados socialmente a vivir en ella, solo de manera excepcional individual o en pequeños grupos, logran salir de ese infierno, pero no como pueblos o naciones, su condena ha sido fraguada históricamente para reproducir un sistema mundial donde solo un puñado de países puedan perpetuar su enriquecimiento a costa del empobrecimiento de la mayoría de los países del mundo.
Por eso la pobreza es el mas grande de los infiernos humanos, donde se evidencia el pecado del mundo, que se erige sobre estructuras sociales que necesitan el sacrificio de la mayoría de la población del planeta para perpetuarse.
Este crimen es un pecado estructural, que coloca en el centro de la civilización al dinero y no al ser humano.
En este sentido, la pobreza es el resultado de un pecado estructural, social, no personal, aunque también contribuyan nuestros pecados personales para reproducir el pecado social. La pobreza es el pecado estructural más arraigado y más poderoso en la tierra.

De él depende el poder del dinero, que compra y vende bienes, mercado, jueces, cuerpos, prestigio, conocimientos y habilidades, cargos públicos, etc. Lo único que el dinero no puede comprar y vender es la persona y su dignidad, porque no tienen precio, son valores consustanciales a su existencia y no pueden poseerse en la inmanencia del intercambio, pues habitan en lo que comunica trascendentemente lo humano. La persona es trascendente y al mismo tiempo necesita expresarse históricamente, pero no se agota en lo temporal de su existencia, porque va más allá de sí misma, allí radica su dignidad, la dignidad de ser para los otros, la dignidad de ser prójimo con otros prójimos, la dignidad de ser hijos y hermanos en Dios.Por eso, la pobreza aún siendo el mayor de los estigmas provocado por el pecado del mundo, no borra la dignidad de la persona. Al contrario, es en medio de esos estigmas donde se revela en plenitud la dignidad de ser persona. Para los seguidores de Jesús, el modelo de esta plenitud es Cristo crucificado que ha resucitado de entre los muertos. Nuestro Dios eligió a Jesús porque en él se reveló en plenitud, porque en él reveló la dignidad de ser persona humana delante del pecado del mundo, que lo rechazó, lo persiguió, lo condenó a muerte y a una muerte de cruz, asesinando su cuerpo y denigrando su memoria. Nuestro Señor Jesús nació en el pesebre de la pobreza, pesebre que es signo de la cruz de los pobres por situación; y también resucitó de entre los muertos, es decir, de entre los condenados a muerte, de entre los crucificados de la tierra, signo de la pobreza por opción.
Jesús nace en la cruz, opta y vive su cruz; muere por y en la cruz; y resucita de nuevo en medio de la cruz. El signo del resucitado no puede estar fuera de la cruz, olvidarse de ella es olvidarse del mayor signo de la revelación de Dios, que está presente aún en las tinieblas del pecado del mundo, ya que su presencia es más fuerte, más penetrante y más ineludible, cuando el poder del pecado quiere hacerlo más ausente hasta desaparecerlo.

Allí radica el poder de la resurrección, pues en medio de la cruz Jesús vive más allá de sí mismo, y al morir en la cruz Jesús atrae a todos tras de sí. Su vida histórica y su vida espiritual están unidas por la cruz, la histórica porque nace en una condición de pobreza no voluntaria, sino obligada.
La espiritual porque al optar por los pobres de la tierra, elige vivir su crucifixión. Es una opción que no se agota con su muerte natural, en cada generación irrumpe de nuevo con su resurrección en medio de los crucificados de la tierra, no solo para que puedan vivir con dignidad su cruz, que es signo de su redención para nuestros pecados personales, sino también, como signo de salvación del mundo, para revelar la indignidad de continuar crucificando a los pobres de la tierra, expresión mortal de los pecados estructurales de la humanidad. Al anunciar su presencia permanente en el mundo, da fuerza, compañía y esperanza a los pobres, esa es la buena noticia de su verdad; y a la par denuncia las relaciones y estructuras de pecado que atan al pobre a su pobreza, esa es la buena noticia de su justicia, denuncia la mentira y el asesinato del que son objeto, y así libera a los oprimidos, a los crucificados de la tierra, devuelve la vista a los ciegos, aquellos que miraban pero no veían; cura a los enfermos y a los endemoniados, heridos en su cuerpo por la pobreza y trastornados en su mente por los prejuicios y la discriminación; hace caminar a los que estaban paralizados por el miedo personal y el odio social; y levanta a los muertos, es decir, resucita a los que han estado crucificados por el pecado del mundo para que no se deje de escuchar su clamor: ¡No Más!, esos son los frutos de su evangelización. La dignidad de la persona se revela por su grandeza de espíritu ante el sufrimiento y la muerte; y es así también, porque revela la bajeza de espíritu de quien provoca ese sufrimiento y esa muerte.La dignidad humana se revela en contraposición a la indignidad de quien no la respeta y la condena a la cruz.
La cruz es un signo de contradicción que Jesús histórico y resucitado asumió y asume como signo de su presencia. Por ese signo, sabemos de él, porque él se nos ha comunicado, por ese signo, sabemos de su resurrección en este siglo y lo sabrán en los venideros, los que lo sigan.

La cruz es signo de contradicción, porque es signo de muerte, no de cualquier muerte, sino de muerte violenta, fraguada por el pecado del mundo. Así también la cruz es signo de vida, cuando a través de ella se denuncia la muerte que esta acarrea, cuando por su medio podemos proclamar la dignidad de la vida que se quiere arrebatar, y cuando a pesar de todo eso, la muerte continúa, al ofrendar nuestra vida por medio de la cruz provocamos más vida en quienes nos rodean.
Optar por la cruz no es un acto suicida, es un reconocimiento de una realidad que no podemos eludir humanamente, es aceptar la condición humana donde el pecado del mundo tiene libres aún las manos, y que con nuestra entrega a la cruz de los pobres de la tierra, podemos darnos en la plenitud y gratuidad de nuestra vida, en virtud del mas alto sentido que ésta tiene, la de ser prójimos entre los prójimos. Todo lo contrario al suicida que ha perdido ya su sentido de vida, habitando en la inercia de toda relación, sujeto a la desesperación que ha oscurecido en su conciencia, la dignidad que tiene su vida para sí mismo en los demás, si él la acogiera y otorgara en gratuidad, como él mismo la ha recibido.

“Revestíos del hombre nuevo” (Ef. 4, 22-24) dice el apóstol Pablo y en otro pasaje “estoy crucificado con Cristo” (Gal.2, 19-20). Revestirse del hombre nuevo es estar crucificado con Cristo, donde él ahora está crucificado, en la historia y en el Espíritu.
Por la historia el signo de la cruz es maldita, por el Espíritu el mismo signo de la cruz es bendita. Por la historia reconocemos porque es verificable, dónde hay ahora crucifixión, en las 4 quintas partes de la población del planeta, ahí tenemos la seguridad que está el crucificado que ha resucitado.
Por el Espíritu sabemos que nosotros también podemos optar vivir con ellos su crucifixión y convertirnos con ellos en signo de salvación, que da vida y vida en abundancia en medio de la cruz.
Revestirnos del hombre nuevo, que es Cristo, es entrar a la pobreza por situación, mediante un proceso de conversión personal y comunitario, que nos lleve a la pobreza por opción. Cristo Jesús es el Dios de la pobreza de espíritu, porque habita en medio de los pobres de la tierra.La pobreza de espíritu no es el inicio del camino es su llegada, pues ¿quien más pobre, que aquél que entregó su Espíritu al ser crucificado?.


Pobreza espiritual y pobreza material


Para el evangelio no hay disociación entre pobreza de espíritu y pobreza social, quien elige ser un pobre de espíritu es porque ha sido alimentado por el Espíritu de los pobres de la tierra, que en su mayoría claman a Dios para no perder la esperanza.
Quien camina hacia la pobreza de espíritu no puede ignorar la pobreza material de sus hermanos que gimen de dolor en la tierra. Quien se convierte en un pobre de espíritu, en un pobre por opción, no puede dejar de denunciar las estructuras de pecado que encumbran al dinero sobre el ser humano y que no respetan “el derecho del pobre ha dejar de ser pobre” (Cfr. Samuel Ruiz, 2003).
Quien dice ser un pobre de espíritu sin renunciar al apego de sus riquezas, sin dejarse convertir por los pobres sociales, podrá decirse un cristiano por sus creencias, ritos e influencias, pero no será discípulo del Jesús que ha resucitado entre los pobres de la tierra, “en Galilea”, en la periferia, al margen de los poderes del mundo, pues él vino al mundo con el signo de la cruz y volverá cada generación con el mismo signo, Jesucristo es un Dios de los pobres, porque es un Dios de la esperanza, un Dios que da la cara al conflicto para salvar al prójimo en desgracia, para salvar la humanidad de la persona de todos aquellos que contra toda esperanza no han perdido la esperanza (Cfr. Carlos Bravo 1996).
La opción preferencial por los pobres es espiritual y es ética, si quiere ser congruente con el evangelio y con el ser humano. Es espiritual porque es una opción en intimidad con el Dios de nuestra fe. Es ética porque es una opción en empatía con nuestros prójimos que viven infrahumanamente.

En lo espiritual es íntimamente personal y trascendente, es mi respuesta única a un llamado superior a mi vida, mi vocación de ser prójimo. En lo ético es la empatía a la dignidad humana de los demás y por eso es social e histórica, es la respuesta de nuestra identidad humana como contribución individual a un problema común, la misión de bajar de la cruz a los crucificados. En lo espiritual rige la misericordia, en lo ético rige la justicia.

La opción siendo espiritual nos lleva a lo humano pero no necesariamente a la indignación ética, que es un don y una gracia especial en la conciencia que desarrolla en nosotros el sentido de justicia.
Es un don porque nos comunica empáticamente con nuestro prójimo el sentido de su dignidad humillada.
Y es una gracia porque irrumpe cuando nuestras entrañas se remueven íntimamente al contacto con su situación que nos habla de persona a persona.
La opción siendo ética nos lleva a la trascendencia pero no necesariamente a la espiritualidad de la misericordia, que es un don y una gracia que nos permite permanecer perseverantes en la obra de justicia, por el amor que nos impulsa y no solo por la razón que lo justifica. Es un don porque nos entra en la conciencia que somos colaboradores de una obra mayor de justicia que la de nuestra propia indignación.
Y es una gracia porque recibimos el amor necesario para continuar en esa obra, por la acogida con que los pobres reciben nuestra entrega.
La opción preferencial por los pobres es una integración de la conciencia humana, sellada por la indignación ética, con la conciencia de fe, guiada por la espiritualidad de la misericordia, la que nos abre el camino de conversión hacia la pobreza de espíritu. Esta opción preferencial por los pobres está profundamente arraigada al evangelio y a la conciencia humanista de todos los siglos y culturas.
No es la única opción posible para construir iglesia, pero sí es la única opción posible para entrar al Reino de los cielos. No es la única opción posible para la vida del hombre, pero sí es la única opción posible para su sobrevivencia y la permanencia de su dignidad humana.

Cualquier persona en cualquier situación histórica puede entrar en un proceso de conversión hacia la pobreza espiritual, mas no como un evento aislado, la conversión es un seguimiento, no solo una experiencia de fe. La conversión es un cambio interno que descubre la vocación, fortalece la opción y crea un nuevo modelo de vida.
La conversión abraza al pobre y lo incluye en nuestro nuevo proyecto existencial, personal y social. La riqueza socioeconómica no es necesariamente una riqueza socioafectiva y espiritual, antes al contrario, en esa situación se privilegia la riqueza material sobre la riqueza de las personas humanas. Los pobres por situación no necesariamente viven una pobreza socioafectiva y espiritual, la mayoría luchan por hacer las cosas juntos y compartirlas, su mayor riqueza es su sentido comunitario con el que acogen a quienes se les aproximan y la solidaridad que se brindan por ello, de ahí que los pobres sociales son más suceptibles de abrazar el camino de la pobreza de espíritu.
La opción por los pobres en su inspiración, no es una mera pose ideológica, una falsa postura pastoral, esta opción es inspirada por el Espíritu del resucitado que no solo nos llama, sino que nos clama con gemidos innenarrables, en la expresión de dolor de los pobres de la tierra, para que lo sigamos no solo por piedad, sino por plenitud de vida, en la integralidad de nuestra dignidad humana que trasciende cualquier paralelismo a una vocación individualista.

La vocación de ser prójimo es un llamado personal, pero no se reduce al individuo, sino a su ser persona en comunidad (Cfr. Mounier 1935), por eso es un don para ser y crecer con los demás, es una convocación comunitaria y una provocación social, más allá de cualquier decisión individual o particular de grupo, por eso, da figura, fuerza y presencia a la pastoral más evangélica que puede sucitarse en las iglesias.
Porque va más allá de cualquier iglesia, va a un corazón de carne, al Verbo que se hizo carne en la historia de todos los siglos humanos, al Cristo que encarna en los pobres y en los pueblos crucificados, ante su humanidad que perece y la tierra que sufre y de la cual nos hace parte, como proyecto de vida, de comunidad, de sociedad y de mundo (Cfr. Küng, 1993). ¡Venga a nosotros tu Reino!.


Amarás a los pobres como a ti mismo lugar teológico e histórico de la resurrección de Jesús


Jesús elige un lugar de comunión para revelar su resurrección, un lugar donde en verdad se respira su Espíritu, su amor incondicional, porque ahí es posible recibirlo personalmente. Su lugar preferente para revelarse es en una relación comunitaria de persona a persona, pues él está en medio de esa relación como fuente y origen.
En la parábola del Buen Samaritano, Jesús es la esencia del ser prójimo, es quien está presente en el encuentro entre el caído y quien lo levanta.
No elige el encuentro con el cuidador del templo, de los ritos y costumbres, que no entra ni deja entrar a nadie, impidiendo estar en su presencia ante el desamparado. Tampoco elige el encuentro con quien tiene autoridad en la iglesia y que solo lo alaba por la boca, pero su corazón no acoge a los pobres y oprimidos. (Cfr. Sobrino, 1991)

Jesús elige al samaritano, como modelo histórico teológico de su misión en el mundo, quien está al margen del cuidado del templo (como símbolo de toda institución humana), y de la dirección de la iglesia (como símbolo de toda religión o sistema social), para encontrarlo en el rostro sin rostro de los pobres, víctimas de la violencia y de la negación sistemática del mundo. Se manifiesta en su Santa Faz, desfigurada por la crucifixión, se revela resucitado en la cruz no fuera de ella, que es histórica y mística a la vez.
Su revelación se manifiesta desde el sufrimiento provocado por el pecado, y en las bienaventuranzas convocadas por el proceso del perdón y su liberación entre hermanos que conviven en comunión y solidaridad. La Santa Faz de Jesús es la de un crucificado pero que ha resucitado, ahí radica nuestra esperanza.
Nos muestra su signo en la cruz histórica de los que ahora viven y están crucificados, ese es su punto de entrada.
Sin embargo, su faz es iluminada por la gracia de ser prójimos, que se manifiesta en el rostro místico de los pecadores perdonados, ese es su punto de partida.

La opción preferencial por los pobres no se cumple sólo desde el punto de entrada de los crucificados, esto es insostenible para cualquier proyecto humano sin la inspiración del Espíritu de misericordia, que acoge al caído y perdona al pecador, pues allí está el verdadero punto de partida.

La opción preferencial del evangelio es amar al pobre como a si mismo, esto sería imposible sin la presencia del amor incondicional, que se manifiesta en la persona espíritu de Jesús, pues ¿quién puede sostener tamaña misión, si su principio misericordioso no impone su señorío en las personas, si él mismo no se convierte en el centro de inspiración de la comunidad y propaga con encendido celo la justicia de su Reino?.
Amar al pobre como así mismo en su dimensión humana es una opción ética radical y en su dimensión espiritual es la misión eje del evangelio.
La opción es el camino que nos lleva a la misión, pero si se encierra en sí misma existe el grave peligro de caer en la autosuficiencia moral, en una justicia sin fe, en un Reino sin misericordia. En el otro extremo, si la misión no encarna en los crucificados del mundo, si se aparta de su necesaria humanización histórica, corre el mismo riesgo de la autosuficiencia moral en sentido inverso pero con los mismos resultados, una fe sin justicia nos lleva también a un Reino sin misericordia. (Cfr. Ellacuría 1980) La opción es una elección humana, ética existencial y la misión es un envío elegido esencialmente por la inspiración del Espíritu de misericordia, cuando ambas elecciones comulgan la palabra del resucitado encarna en las personas y en sus obras.

La opción por los pobres nos abre el camino de conversión a la pobreza de espíritu, que nos arrastra a la misión del Reino por la acogida de los pobres, es un don profético para dar testimonio de la verdad, que es hambre y sed de justicia de los crucificados. Es un don profético porque enciende un valor extraordinario ante la deshumanización del mundo, su fuerza emana de esta verdad. Y es un don para la conversión de muchos, se desprende del don de la fe, la cual inicia con una elección de actitud para alcanzar humildad, o mas bien llega como expresión auténtica de la humildad.

La humildad nos lleva a ser realistas de nuestra condición humana limitada y pecadora, es una forma de conocimiento.
Pero también la humildad es una elección de actitud, es una expresión ética y espiritual, porque es recibida por la persona humana como una claridad en la preferencia hacia los pobres, pues hay una mutua elección en este acto, la de la persona humana y la de la persona espíritu del resucitado, que se presenta históricamente en los crucificados de la tierra y en la actitud contemplativa del convertido. A través de la experiencia de fe, que es un acto supremo de humildad, donde converge la gracia de Dios y la libertad humana, Jesús nos habla desde nuestra propia cruz para que al aceptarla transfiguremos nuestra vida en la resurrección que él nos brinda para los demás, convirtiéndonos en prójimos de los pobres. Ser prójimo es ser capaz de ver transfigurado a Cristo en nuestros prójimos, hoy crucificados por los pecados del mundo.
Puesto que el mayor pecado no es solo un pecado personal, sino la aceptación cómplice del pecado de los demás, que se estructura como crucifixión inmerecida para la mayoría de la humanidad, expresada en el sufrimiento de toda la creación. La gracia de ser prójimos nos revela su Santa Faz en los pobres de la tierra, en el caído de la parábola del Buen Samaritano, Jesús justo y misericordioso, histórico y místico, se presenta ante un pecador perdonado en el rostro sin rostro de un crucificado, quien aún no ha sido perdonado.

Ya que el perdón no ha sido hecho solo para los que tengan culpa, hay un perdón acogida (Cfr. Sobrino, 1991), que abarca incluso a aquellos que no tienen ninguna culpa y sin embargo la padecen inmerecidamente, porque siguen siendo tratados como si fueran culpables, sujetos a un castigo social y personal, del cual no han sido perdonados, aquellos quienes han tenido la desgracia de nacer o de caer en procesos crónicos de pobreza, enfermedad, discapacidad, discriminación, etc. Los pobres de la tierra no han sido perdonados de ser pobres, han sido condenados a ser pobres, porque no han sido acogidos como prójimos, no han sido recuperados en su dignidad de ser personas humanas.

Y quienes no han sido acogidos no han sido perdonados, aunque se jure de dientes para afuera que son inocentes. Una sociedad que somete a la pobreza inmerecida a la mayoría de su población, es una sociedad donde reina el pecado, pues culpa de su propio pecado y castiga con inmerecida crueldad a quienes nacieron o cayeron sin culpa de su pobreza.Esa pobreza no es por culpa personal,

ni por culpa de sus padres, sino para que se manifieste la gloria de Dios, a través de quienes optan por ser prójimos y aman a los pobres como así mismos.

La gloria de Dios se expresa a través del poder de su resurrección en los pecadores perdonados, que responden a su exigencia, a su soberana voluntad de bajar de la cruz a los crucificados, dar vida al que muere, dar pan al hambriento, luz al ciego, palabra al mudo, escucha al sordo, camino al inválido, vestido al desnudo, acogida al perseguido, liberación al oprimido. No es que los pobres por situación no sean también pecadores, pero su pecado es desde su persona que padece esa circunstancia adversa, no son pecadores por esa adversidad que ellos no han creado, ni están en esa circunstancia por haber pecado.
Todo ser humano es un pecador desde su propia circunstancia, sea de pobreza o de riqueza, y en eso está circunscrita su responsabilidad personal y su contribución o no al bien común, pero no más allá de eso.

Solo los pecadores que han sido perdonados, es decir, acogidos, convertidos por la gracia en prójimos, son pecadores en proceso de santidad, pues el Espíritu de la misericordia que nos acogió, nos comunicó desde entonces, la presencia de Jesús crucificado y resucitado que no nos abandonará, mientras permanezcamos fieles a su amor incondicional, esa es nuestra más entrañable esperanza.
Por él nos convertimos en signo de su resurrección y de su vida, acogiendo a quienes han sido crucificados con injusticia y no precisamente por sus pecado personales, sino para encubrir y justificar los pecados de otros. Si lo negamos, negamos la gloria de Dios que ha de manifestarse en ellos, en los unos y en los otros, es decir, en quienes han sido injustamente crucificados y en quienes los han crucificado para justificar su propio pecado.

No hay salvación si no hay perdón, pero no solo perdón de palabra, sino perdón de acogida, perdón ante la ejecución fracticida entre hermanos, coraje del perdón para suspender el castigo injusto a que están sometidos la mayoría de nuestros prójimos, por los pecados del mundo.
Si esto lo llegamos a asumir será porque ardemos de celo por el Reino humano espiritual de Cristo.
La salvación es personal, sí pero, lo personal es una relación en comunidad, una relación entre personas que mutuamente se acogen, porque en el centro de esa comunión está el amor incondicional, la persona espíritu de Cristo Jesús.
La bondad samaritana no proviene de un esfuerzo o mérito individual, sino de dos encuentros básicos, el primero es el encuentro personal de saberse pecador y aún así acogido; y el segundo es el encuentro personal de saber acoger al caído y al ofensor que lo reconoce, porque solo así se mantiene vivo el fuego del perdón acogida.
Estando en conciencia nadie nos merecemos ser acogidos, porque nuestro pecado personal llevaba la muerte de toda acogida. Sin embargo, nadie nos merecemos no ser acogidos, porque sin esta acogida pereceríamos como género humano.
Sólo quien está libre de culpa puede acoger, es decir, amar incondicionalmente, porque antes ha sido perdonado, acogido, tomado como hermano/a, amigo/a y prójimo/a. Y solo quien ha estado libre de toda culpa desde el principio, porque él mismo es la fuente del amor incondicional, puede perdonar los pecados sin necesidad de que sea perdonado. Por la fe que abrazamos, lo cual no quiere decir que las demás experiencias de fe no sean válidas, sino que para abrirnos al concierto espiritual del mundo, también es necesario dar crédito de nuestra propia experiencia de fe, la cual identifica al amor incondicional con la persona espíritu de Jesús de Nazareth.

Al ser concebido en el vientre de María, la llena de gracia, se le concedió estar en estado de gracia permanente desde que fue engendrado, y tal estado nunca lo perdió al ser fiel a su vocación de ser Hijo del Hombre e Hijo del Altísimo simultáneamente, por eso, aunque fue tentado como nadie en el mundo, el pecado no lo corrompió y no pudo vencerlo la muerte, si él no hubiera resucitado nuestra fe no solo perdería sentido, sino que también no existiría el poder de su amor incondicional, capaz de perdonar los pecados en aquellos que lo seguimos generación tras generación.
De ahí que el perdón acogida sea un fuerte signo de la resurrección de nuestro salvador, el lugar teológico por excelencia de la presencia de Jesús en el mundo, porque es siempre un encuentro histórico de personas en comunidad, es un amor personal que se expresa en la acogida mutua, allí se funda la fe porque allí se infunde su Espíritu, y al encarnar su palabra en nosotros nos muestra su verdadera faz, su santidad escondida en el rostro histórico de los pobres, un rostro desfigurado y oprimido por el pecado del mundo, un rostro sin rostro, porque se le ha prohibido la dignidad de tener un rostro humano.
Y el pecado del mundo decíamos no es el pecado personal de los pobres, sino la deshumanización del mundo por negar su propio pecado, inculpando a los pobres por ello, el pecado del mundo es el pecado estructural de la humanidad, que atenta contra el bien común de la sociedad y el orden cósmico de la creación natural.

La voz de Jesucristo es la voz de los sin voz, pues solo él puede escuchar a los inaudibles y darles su palabra, sólo él es capaz de llamarlos por sus nombres personales, quienes lo hemos escuchado reconocimos que su voz era indiscutiblemente genuina, porque la reconocimos en lo más íntimo de nuestra vocación y por eso lo hemos seguido, ya que nadie es capaz humanamente de estar tan cerca de nuestro corazón, mas que aquel que nos lo ha entregado.
Si elegimos ser prójimos de los pobres nos convertiremos en portavoces de la misericordia de Cristo, prestaremos nuestra voz para que se escuchen los gemidos inaudibles del sufrimiento inhumano y se pronuncie la voz de los sin voz, no la propia, entonces nuestra voz cambiará, será una voz bienaventurada, una voz que convertirá el llanto en alegría, la desesperación en paz y el rechazo en acogida, nuestra voz se hará una con los demás, con toda la creación y con Cristo mismo.
Si al escucharnos se escuchan a sí mismos, entonces cumpliremos con la voluntad de Dios, no que sólo se escuchen para sí, sino que se escuchen mediante otros, por empatía e indignación ética, y por acogida íntima en su misericordia, es decir, que reconozcan su voz más auténtica, la de su vocación de ser prójimos, por medio de la persona espíritu con la que nos comunicamos en esa atenta y devota escucha; y en esa ardorosa proclamación de quién es el Señor que salva, el Señor del Amor Incondicional, para que solo a él le pidamos nuestra salvación y entre su señorío en nuestras vidas, por la gracia de ser prójimos amando a los pobres como nosotros mismos.


Benito Balam
León, Gto., a 28 de noviembre de 2005.


Bibliografía

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A Biografia
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